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Ni de aquí ni de allá

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Mi querido blog va a despedirse en breve. Lo voy a echar de menos, pero también siento que es el momento de poner punto y final a este proyecto tan personal y empezar a explorar nuevos caminos.

Ya no soy ni tan Parado ni tan Puteado.

Y aunque siempre me sentiré un TripleP – ¿qué joven español no se ha sentido así en plena crisis? – esta etapa llegó a su fin.

En las próximas semanas voy a ir publicando una serie de entradas a modo de adiós. Un poco lo que he hecho siempre en esta página en las que desnudado mi alma, he contado mis victorias y derrotas y que, ante todo, ha sido mi bote salvavidas cuando no tenía donde escribir.

Empezamos

 

Ni de aquí ni de allá

El pasado 1 de enero tomé un vuelo rumbo a casa. ¿Casa? Pues ya no lo tengo tan claro.

Llevaba un año exacto sin pisar mi tierra, sin ver a mi familia y mis amigos. Sin pasear por Barcelona dejándome seducir por sus fiestas y sus risas y sin dejarme mimar por los míos en Girona.

Me moría de ganas de vacaciones y de ver a todo el mundo. Pero, y no me malinterpretéis, en esta ocasión me faltaba ese sentido de URGENCIA que sí tuve en las Navidades anteriores, cuando me corroía la melancolía.

Hoy cumplo dos años en México. Dos años como emigrante, no como el viajero que fui antaño, aunque de este guarde todavía el espíritu.

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Dos años marcan para bien y para mal, te moldean y te cambian. Inevitablemente y por necesidad. Se le llama adaptación, supongo. Somos animales al fin y al cabo.

En los primeros días de estas tres largas semanas que pasé en casa me sentí un tanto fuera de lugar. Descolocado a pesar de estar rodeado de quienes considero pilares en mi vida.

¿Por qué parece que nada cambia en Girona y Barcelona? Tras dos años en la loca y gigante Ciudad de México, una marea de sensaciones encontradas en sí misma, las urbes europeas me parecen de pesebre. De casita de PinyPon, como me comentó un amigo argentino que lleva años en la ciudad.

Todo limpio y ordenado. Sin multitudes en el metro. Sin tener que mirar por donde pisas en la calle ante el peligro de romperte una pierna. Fáciles, accesibles, tranquilas aunque acojan a un millón de personas. Bonitas arquitectónicamente…. buff.

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Los primeros días no podía con ello. ¿Os lo podéis creer? ¡Es ridículo sentirse así! Pero echaba de menos la vida que rebosa por doquier en el DF. Las 100 personas que debo esquivar en el trayecto que tengo del metro a mi trabajo, la ciudad despierta las 24 horas, la comida grasienta, barata y rica…

Por poneros un ejemplo, un sábado salí a dar una vuelta por el centro de Barcelona a las 3 de la tarde y os juro que en 40 minutos me crucé con unas 50 personas. ¿?¿? Los defeños alucinarían.

Curioso sentirse así en tu propia tierra. Como despegado de ella y desprotegido ante tanta pulcritud.

Más curioso es ver que al cabo de unos días se te quita esta sensación. Sí, eso mismo, se te van olvidando estas primeras sensaciones. Readaptación, se le debe llamar. Somos animales al fin y al cabo.

No es que deje de pensar que a estas ciudades y a Cataluña, y a España, quién sabe, les falta una chispita de emoción diaria. Pero caramba, qué bien se vive, ¿no?

No tener que empujar a medio vagón para poder meterte en el metro y aplastar tu cara contra la puerta a las 7 de la mañana. Poder pasear y mirar el cielo, que no está a menudo envuelto en una gruesa capa de polución, y contemplar la deliciosa arquitectura de muchos edificios de Barcelona (que por primera vez admiré como extranjero).

Qué rico dormir en casa de mis padres, mi casa, y no escuchar NADA. Y que el SILENCIO al principio te duela en las orejas (vivo frente una avenida de seis carriles, llevo el ruido incorporado) pero luego descubras que este es uno de los placeres más grandes de la historia.

Y sin embargo, sentir que te falta algo. Lo primero, aunque en dosis más pequeñas. El bullicio, el no saber qué pasará mañana, el batiburrillo de sentimientos que despierta el DF y su abundante humanidad.

Así me di cuenta que ya no soy ni de aquí ni de allá. Ahora mismo, a dos años de ser oficialmente un catalán residente en el extranjero, estoy, emocionalmente hablando, en tierra de nadie.

Mi tierra sigue siendo mi tierra. Pero ya no la percibo al 100 % como tal. Me veo regresando, pero no sé ni cómo ni cuándo. Hay muchos ‘peros’ en la balanza.

Y México es mi hogar de acogida. Un sitio que adoro y detesto a partes iguales. Que saca lo mejor de mí y también lo peor. Que me ha hecho crecer a base de hostias y al que, también por esto, le estoy muy agradecido.

Este impasse no sé cuánto tiempo dura, pero es raro encontrarse en él.

Dividido.

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México Duele

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Llevo tiempo queriendo escribir esto. Porque vivir en México te regala mucho, pero también te enfada y te duele.

Esta reflexión y alguna más que seguirá no gustará a todos. Pero es el pósito que ha dejado en mí casi dos años de vivir en este bello país marcado por la tragedia.

Como emigrante y viajero, creo que tan positivo es contar todo lo bonito que te aporta estar lejos de casa y descubrir nuevos parajes como todo lo malo. Aunque estas experiencias ni vendan ni aparezcan en las revistas de turismo.

Pues bien, México duele, y mucho.  Duele a pequeña escala, en el día a día y en escenas comunes como un ciego vendiendo en el metro, un niño tirándote de la manga cuando estás tomándote algo en una terraza y ofreciéndote cigarrillos o una anciana pidiendo caridad en la boca del metro.

Es un dolor que impacta  según el día y la coraza con la que te hayas levantado. Y sí, aunque cueste admitirlo, con el tiempo te acostumbras a ciertas escenas. Es la pobreza cotidiana y vivir en una ciudad sobrepoblada la que a veces, por salud mental, te lleva a girarle la cara a lo que incomoda.

Pero es inevitable afrontar esta realidad en un país donde el 46 % de las personas son pobres. Y es más, me parece reprochable querer vivir completamente alejado de ella.

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Si con ello no hubiera suficiente, México acumula decenas de miles de muertos y desaparecidos en la última década. Especialmente desde que el anterior presidente, Felipe Calderón, iniciara una guerra frontal contra las drogas que, según las estadísticas, solo llevó a recrudecer el problema.

Como periodista, me toca escribir y leer cada día sobre muertos y asesinatos. Algunas notas se publican por su relevancia internacional, pero la mayoría las desechas con una frialdad aplastante. Y es que los reportes de las policías estatales están llenos de  secuestros, violaciones y “occisos por arma de fuego”.

Informaciones que, desde el confort de la oficina y por la dinámica periodística, apenas y tristemente tienen valor.

Pero luego hay muchas otras noticias y coberturas que te cargan de tristeza, rabia e indignación. Las protestas de los padres de los 43 estudiantes desaparecidos es una de ellas.

El movimiento ha perdido fuerza al año y un mes de esta vergonzosa tragedia. Pero los padres siguen ahí, clamando justicia. Y yo, cada vez que los veo, no puedo evitar que me dé un vuelco el corazón.

Gente humilde y metida en una lucha que les sobrepasa contra un Estado que les ignora.  Llevan en todas las manifestaciones una pancarta con la foto de su hijo, que de seguir vivo como ellos creen ya habrá cumplido años lejos de los suyos.

“Vivos se los llevaron. Vivos los queremos”, gritan mientras se aferran a recuerdos y sin la certeza absoluta de nada. Estos padres son héroes por todo lo que han tenido que aguantar. Y ponerse en su piel por unos segundos te atraviesa como un rayo.

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Y en el país hay muchos, muchísimos más casos parecidos. Estuve en una manifestación de familiares de desaparecidos en el Día de la Madre y volví tocado. Impresionado porque realmente en México, y da hasta miedo decirlo, te puedo tocar A TI. Seas de donde seas, vivas en donde vivas y hagas lo que hagas.

Los testimonios dejaban sin aliento. Familias que buscan a su hija desde hace 10 años. Salió rumbo a la universidad y no regresó. Madres que todavía conservan la esperanza de que su hijo, que fue detenido por la policía en un pueblito cuando volvía a casa de fiesta, algún día aparezca con vida, o sin ella.

Sin vida porque el dolor de no saber es tan grande que muchos se conforman con encontrarlo muerto, para por lo menos poderlo despedir dignamente y cerrar un capítulo.

Y esto es un suma y sigue. Un dolor de millones que resquebraja y que no debería existir.

El otro día entrevisté a dos madres del caso Heaven, en el que 13 jóvenes fueron secuestrados en 2013 en un bar de la Ciudad de México y supuestamente asesinados. Hallaron sus cuerpos decapitados en una fosa clandestina y afirmaron que se trataba de un ajuste de cuentas entre bandas, algo que jamás se probó y las madres niegan.

Hablar con ellas fue demoledor. Recuerdan cada uno de los detalles de la batalla legal, institucional y social que han padecido desde que ocurrió el crimen. La estigmatización en los medios por proceder de uno de los barrios más peligrosos de la entidad, la ignorancia de la justicia y del Estado y las horas sin dormir son cicatrices imborrables.

Al final de una de las entrevistas lancé una pregunta quizás demasiado directa aunque sin maldad. A Leticia Ponce, madre de Jerzy Esli Ortiz, le pregunté por qué todavía se expresaba en presente cuando hablaba de su hijo, que tenía 16 años en el momento del suceso.

“Me resulta menos doloroso pensar que se fue de viaje y regresará cualquier día”, me dijo mirándome fijamente, sincera. Se puso a llorar y nos abrazamos.

Imagínate vivir con su dolor todos los días. Durante años. Esperando.

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Foto de Mario Guzmán. Agencia EFE

Si todas estas historias por sí solas duelen, en México hay que sumarle la enorme desacreditación de las instituciones públicas. Nadie se cree a un Estado que nada en la corrupción y en historias de violencia y colaboración con el crimen organizado.

Alimentando todavía más el dolor y la desesperación.

Pero de esto hablaré en otro artículo.

Una de bailes de fin de semana y abuelitos marchosos

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El DF te regala estampas únicas.

Cada sábado al lado del Mercado de Artesanías montan una pista de baile para que todo defeño que quiera mueva el esqueleto.

Acostumbra a ser música de banda que sale de unos altavoces montados encima de un escenario que siempre he visto vacío.

La pista suele estar abarrotada de abuelitos que bailan pegados haciendo pasitos pequeños y resueltos.

Algunos se ponen sus mejores galas. Con sombreros, plumas, tocados y trajes.

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Y en la misma plaza pero en otro rincón, hay quienes prefieren bailar salsa con una sonrisa de oreja a oreja y camisas estilo caribeño.

Mientras, en una esquina ensayan lo que parece un baile folclórico.

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Pero en esta plaza del bailoteo no todo es fiesta.

También hay los que quedan desparejados, nadie saca a bailar o les pesan demasiado los años para aguantar más de dos canciones seguidas. Ternura.

Fin.

29: Cumplir años lejos de casa… pero en buena compañía

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El finde pasado cumplí 29.

29 … rozando los 30. Y dispuesto a festejarlo con un fiestón.

Cada año que pasa me gusta más celebrar el cumpleaños. Considero que es uno de los momentos más importantes del año;  una prueba de que sigues creciendo, aprendiendo y empapándote de este mundo y una excusa para ponerte pedo y ser el rey de la fiesta (porque es la tuya).

El año pasado cumplí 28 solito en El Salvador, sacándome mi ansiada visa de trabajo mexicana. Aunque cuando llegué a casa tuve una increíble fiesta sorpresa, supongo que este año me quedé con ganas de más.

Así que invité a unos cuantos amigos para hacer una doble celebración; mi aniversario y la inauguración de nuestra nueva morada.

Con la ayuda de Vicenç cociné mucho. Un pica-pica para 20 al que no podía faltar mi ya clásica –y barata y buena- tortilla de patatas.

Y, con dos horas de retraso al más puro estilo mexicano, los invitados empezaron a llegar.

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Cabe decir que era la primera vez que preparaba con tanto afán mi propia fiesta de cumpleaños, y sí, incluso me puse nervioso pensando en si vendría gente o me quedaría solo soplando las velas. Típico de la EGB.

Pero vaya si llegaron, y aquello fue una fiesta en toda regla e in crescendo.

Mucha platica, mucha cerveza y vermut e incluso un pastel. Un delicioso brownie que me prepararon Caro y Bea con mucho cariño. Y un sombrerito de cumpleañero que no me quité de la cabeza en doce horas.

Amigos y algún desconocido que después de la fiesta ya dejó de serlo. Selfies con la excusa del alcohol y charlas donde me hacía el interesante.

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A eso de medianoche, los que no tiramos la toalla nos fuimos a un bar.

Nos montamos nuestra propia pista de baile entre cuatro mesas y yo lo di todo. Un gin tonic y varios chupitos de tequila.

 Por todo lo alto (o por todo lo bajo).

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Cuando salí de ahí supuraba euforia, y con el ala dura y liante de mi grupillo –ejem Aida, Pich y Gabriel, Yunuén…-  no sé cómo terminamos de nuevo en mi casa.

Más baile y jaleo durante una hora que para mí fueron minutos. Y pa’  la cama.

Fueron más de 12 horas de celebración, y me lo pasé en grande. Los aniversarios son algo digno de celebrar, y creo que este año yo lo hice con nota.

Cumplir años es muy bonito. Y más si estás tan bien acompañado.  Eso sí, eché de menos un abrazo de la familia, de mi querida yaya. Y la comida de domingo y los dulces que siempre me compra mi tía… pero así es la vida. 

Vamos, que nada es perfecto. Pero sienta estupendo, una vez al año, poder hacer y deshacer con un sombrerito de papel en la cabeza. (Y junto a mi amigo el cocodrilo que me regalaron).

De la resaca del día siguiente (y el siguiente y el siguiente) prefiero no hablar.

Felicidad absoluta y un “una vez al año, no hace daño” para calmar conciencias.

¡Un abrazo amigos!

Yo ya voy pensando en la de los 30. 😛

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Oportunidades, tesón y carambolas. Reflexiones de un migrante novato

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Estos días han sido una locura. La verdad es que a Vicenç y a mí ganas y empeño no nos faltan para que esta aventura nos salga bien.

Yo, por ejemplo, empecé el lunes fuerte, con una rueda de prensa que me sopló una amiga sobre unas fotografías inéditas de la Guerra Civil Española en las que hijos de exiliados a México identificaron a sus padres. Una historia algo menor pero muy tierna, y que sobre todo me sirvió para ponerme algo en situación. No llevo ni una semana y ya han detenido al narco número 1 del mundo y ha fallecido el gran Paco de Lucía en Cancún, en la costa caribeña, así que ya veis que esto, en cuanto a noticias se refiere, es un no parar.

Pero con lo que más me quedo estos días es con el puñado de gente que he conocido, emigrantes como yo,  que por una razón u otra se encuentran en México:

Está Joselito, montador de vídeos y afincado en el DF desde hace tres años. Todo un luchador que llegó como turista y con mucho empeño y tesón ha logrado hacerse un hueco en el difícil mercado audiovisual azteca. Él está siendo un poco nuestro mentor en esta aventura, llenándonos de consejos y presentándonos a gente. Además, es nuestro compañero de piso y nos brinda cocina mexicana como la tinga de pollo. Delicioso.

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Está Lluís, bailarín y hoy uno de los directores del musical “Hoy no me puedo levantar” en México. De Girona como yo, hacía un puñado que no lo veía. Y ha resultado que ahora está haciendo sus particulares Américas en este país tan encantador. Lleva tres meses y dice que esta oportunidad le ha permitido escapar de la montaña rusa que supone ser bailarín.  ¡Así que bien por él!

También está Carola, una buena amiga de la universidad que hoy trabaja como corresponsal para AFP en México. Poco a poco se está enamorando del DF tras abandonar su querida Venezuela, y es otro ejemplo de lo que puede llegar a ofrecerte el país. Me alegro mucho de reencontrarme con mi pelirroja favorita. Aquí, con dos longanizas que le traje y haciendo el payaso.

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Y por último conocí a Aida. Editora y divertida donde las haya, lleva casi cinco años en México entre visados de estudiante, de turista y de residencia. Es una experta en la ciudad y en temas migratorios, y un aliento de buena onda. No me conocía de absolutamente nada cuando me llevó a una cantina a por unas cervezas, y es un ejemplo de que, entre migrantes, la gente se tiende la mano con más facilidad. Ojalá – y me incluyo- hiciéramos los mismo en nuestra propia tierra.

Por lo hablado estos días con unos y otros. Este país está lleno de oportunidades. Oportunidades que nadie te regala ni te regalará, que te tienes que pelear. El tesón, la tozudez y las ganas son el común denominador que me han transmitido sus historias. Sobre todo las de aquellos que arribaron al país con el futuro algo más difuso. Difuso como el mío.

Y como en todo buen relato, se requiere un poco de suerte, de carambola. Aquí es donde se mezcla el azar con todo lo demás, y la aventura se hace aun más apasionante.

Estas son unas pocas y primerizas reflexiones de un recién llegado a esta gran ciudad. Alguien acostumbrado a hacer maletas, pero que sabe que esta vez es distinto.

¡Abrazos!