México, la mentirijilla y la desconfianza

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Sé que este título me va a traer más de una crítica y quizás alguna enemistad. Así que prometo explicarme lo mejor posible.

Pero en estos últimos días antes de cerrar el blog quiero contar tan bien como pueda mis últimas sensaciones de TripleP. Y de emigrante en un país tan igual como distinto.

Y sí, también vendrá otro post bonito dedicados a la tierra que me está viendo crecer y prosperar.

Aclarado esto, México tiene un severo problema con la mentirijillas, el no saber decir que “no” y el andarse por rodeos… y esto lleva a la desconfianza generalizada. Y de aquí a tener una sociedad descreída va un paso. Sí, y de esto a una ciudadanía que se pone la zancadilla por pereza a darte el paso, otro bien chiquito.

Como siempre, hablo en líneas generales. En líneas tan generales como puede hablar mucha gente que visita España y se encuentra con un montón de casos de corrupción en el periódico, un señor taxista que le habla mal y unos amigos impuntuales. Pero bueno, estos también es representativo, ¿no?

En dos años puedo contar mil anécdotas. Algunas más exasperantes que otras. Pero incluso el mexicano común que tiene un puntito de autocrítica sabrá reconocer que es difícil confiar al 100 %. ¿Por qué? Pues porque, por lo menos para el extranjero, nunca sabes cuando te están diciendo un “sí” de verdad o un “sí” de mentira, de “ya se verá” o de “lo que tú digas pero es que no”.

Aquí todo se promete bien, a lo grande. Y tardas un tiempo en entender que muchos de quienes prometen ni serán los más cumplidores ni los más rápidos.

Y así se me han caído trabajos, proyectos, entrevistas pactadas, depas que pensaba que iba a rentar e incluso algún que otro amigo. Que se lo digan a mi chico, músico freelance, dos palabras que juntas, y en México, son sinónimo de muchas desilusiones, otras tantas victorias y palabras en vano. Hoy mismo, le suspendieron tres conciertos que tenía agendados para esta semana.

Eh! Pensarán que los españoles somos unos rancios y criticones. Pero tengo muuuchos amigos mexicanos que no dudan en quejarse tampoco. Ellos perdonan ,pero no olvidan. Y eso sí, son mucho más hábiles en jugar al juego de los tiempos reales y prometidos e interpretando su propio lenguaje no escrito.

El otro día un amigo mexicano estaba muy encabronado. Un amigo suyo con quien se iba a Playa del Carmen le hizo una triple jugada mortal. Primero invitó a unas amigas sin consultárselo, luego se tardó en reservar el hotel, por lo que pagaron una barbaridad cuando encontraron habitación en plena Semana Santa. Y al final de todo, cuando él ya se había comprado el billete, el amigo dijo que su padre le había quitado la tarjeta y que no sabía si podría viajar. Jaja, mi pobre amigo no salía de su asombro. Pagando una habitación doble, con tres desconocidas que no quería conocer y en un viaje que ya ni se le antojaba.

¿Saben cuánto tardó el amigo en cancelarle definitivamente el plan? Cinco días. Cincos días en responderle con un pinche mensaje de whatsapp para confirmarle que efectivamente no había vuelo para él porque su padre no se lo regalaba.

Seamos sinceros, ¿a cuántos mexicanos de nacimiento o de adopción no nos han pasado cosas así?

Trabajando como periodista me he dado cuenta de que a muchas de mis fuentes, si les preguntas de más o les pides cosas que no saben, antes de darte un NO por respuesta prefieren no tomarte el teléfono en un tiempo. Y largo.

Y este ni “sí” ni “no”. Esta falta de claridad que traspasa a muchos niveles sociales causa algo todavía peor. Una desconfianza generalizada, transversal y a todos los niveles. Y no, eso no es bueno para el país, para que prospere y sea la potencia que podría ser, ni para las relaciones humanas.

Hoy, hace apenas dos horas, esta informalidad y pocas ganas de hacer bien tu trabajo y, de paso, ser buena gente, me ha hecho rabiar. Compré unos audífonos en un puesto callejero, que resulta que no sirven para conectar la radio al teléfono móvil. Voy allí y le quería COMPRAR UNOS NUEVOS, explicándole, eso sí, que estos que compré no me iban del todo bien. Fui a pagar, pero no tenía cambio. Le pregunté si podía fiarme, me dijo que tampoco, y por último le pedí por favor, que ya que le compraba dos auriculares en una semana, si se podía mover a conseguir cambio, pero tampoco. Así, tan simpático.

Me fui pero antes agarré un paquete de rotuladores y lo lancé a la otra punta de la parada. Suavemente, sin romper nada, pero lo suficientemente notorio para que ese chico que no había movido un dedo por echarme un cable (y de paso, vender) se levantara dispuesto a pegarme. Me fui corriendo.

No me siento NADA orgulloso de esta revancha de tercero de primaria, pero tampoco del todo mal. Lo que me preocupa enormemente es esa RABIA que nació de dentro mí por un hecho tan estúpido pero que ocurre demasiado a menudo…

Yo no soy así, o quizás sí.  En todo caso: ¿Este país saca lo peor de mí?

Una hora más tarde fui a recoger unos pantalones que llevé a coser y que me dijeron que estarían el sábado pasado. Todavía no los tenían. Tomé aire, sonreí, y me fui  tranquilo. Qué triste sentirte bien por aprenderte a resignar.

A mí modo de ver, estos hechos impulsan el individualismo a un grado máximo, e incentivan la corrupción. “Procura por ti y los tuyos, pero no por los demás”.

“Quien no tranza (no hace trampas), no avanza”, que cuenta el refrán.

Pero claro,  ¿qué se puede esperar del pueblo cuando el Estado es el primer pinche mentiroso e impresentable? Recientemente la Comisión Nacional de los Derechos Humanos hizo una investigación propia y reveló que en un rancho de Michoacán en el que murieron 42 presuntos sicarios en un enfrentamiento con policías hubo al menos 22 asesinatos, y cuatro muertes más por uso excesivo e inapropiado de la fuerza.

La Comisión Nacional de Seguridad (CNS) llevaba meses desmintiendo estas especulaciones. Y si cito este caso y no otros es porque yo, en primera persona, estuve a tres metros de los principales responsables de seguridad en el país hablando de este tema. Invitaron a la prensa extranjera a una reunión informativa para aclarar las cosas.

Y nos mintieron en la cara. (Y yo, probablemente el más inocente y joven de aquella mesa, me lo creí bastante). No mola señores, aunque ya haya aprendido desconfiar de ante mano de prácticamente todo.

Este artículo, aunque lo parezca, no está pensado para dinamitar mi estancia en el país, ni para ofender.

Simplemente tenía ganas de contarlo porque emigrar no es un camino de rosas. Y si en mi blog he opinado sobre España cuando me ha apetecido y no a menudo para bien. ¿Por qué no puedo hablar de México?

Quién sabe, quizás pueda hacer recapacitar a algunos -seamos de donde seamos- con demasiada poca palabra para tanta cara dura.

En el próximo capítulo, que sirve de antesala para cerrar mi blog, todo lo bueno y bonito de México.

Un país que me ha regalado muchísimas cosas buenas (y por ello aquí sigo dos años y medio después).

Pa’ que vean que no vivo enfadado. Que yo en general voy por la vida agradecido. De todo y todos.

 

 

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Acerca de Triple P

Periodista, camarero, viajero y vividor. Soy el típico Triple P, alguien preparado, parado y puteado. Un especie que abunda en España. Tras unos meses dando tumbos por el mundo ahora regreso a la ciudad condal. Dicen que segundas partes nunca fueron buenas. Pero yo estoy seguro que nada puede ir a peor. :D

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  1. Desgraciadamente creo que esos problemas de los que hablas (y de otros problemas arraigados en México) solamente tienen una solución, la educación. Pero, ¿cómo solucionarlos si los políticos son los primeros interesados en tener a la población lo más analfabeta posible? ¿Cómo poner remedio si los maestros compraron sus plazas o las heredaron? ¿Cómo enderezar costumbres si los maestros tienen faltas de ortografía de juzgado de guardia?
    En mi caso en particular me desespera el conformismo, la resignación del mexicano. Cuando simplemente te dicen que así se hacen aquí las cosas, que está mal hecho pero así se hace y todo el mundo lo hace igual. Cabrea el inmobilismo del mexicano en ese sentido, sobretodo del que ha conocido otros países; saben que la manera de hacer algunas cosas no es la correcta y que hay maneras de hacer mucho mejores pero no luchan por cambiar esa cultura.
    En España siento que somos más “peleoneros”, no somos ejemplo de nada, pero somos más inconformistas y luchamos más por la justicia social, por ejemplo.
    Así es México y, por mucho que a los mexicanos les moleste, yo seguiré criticando lo que me parezca criticable; siempre con respeto y con afán de mejorar, haciendo crítica constructiva.

    Saludos.
    Atte. Alberto Vargas García

  2. Soy mexicana, vivo en México y te doy la razón en todas y cada una de tus palabras. La informalidad en la que vivimos es desgastante y frustrante, pero, como bien dices, uno aprende a resignarse; lo cual te introduce a vivir inerte, pues sabes que aunque quieras cambiar las cosas de las que TODOS SE QUEJAN, no pasará nada. Saludos.

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