Iba al ViveLatino y terminé en el Hipódromo: Una de esas noches

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Hace un par de fines de semana tuve una de esas noches raras. Todo empezó el día anterior, cuando Alba, una amiga recién llegada, me dijo que tenía entradas para el Vive Latino, el festival, así en mayúsculas, de Ciudad de México.

Tenía tres entradas y, como buen festivalero (cuando me invitan), ya empecé a mirarme el programa y a hacer malabares con los conciertos y los horarios para aprovechar la noche el máximo posible. Uno no tiene una oportunidad como esta todos los días.

¡Pero sorpresa! No era el Vive Latino para lo que teníamos entradas, era para un evento que se celebraba en el Hipódromo de la ciudad.

¿Y cómo llegamos a este entuerto? Pues todo vino porque Alba tiene unos primos que organizan eventos y tenían entradas. Pero ella apenas lleva un mes en la ciudad y le sonaba igual Hipódromo que Foro Sol. Y a mí un poco, también.

Total, que tras la pequeña decepción inicial, me aventuré a ir. De perdidos al río. Además, pensé que ver carreras de  caballos en uno de los rincones más esnobs de la ciudad tenía mucha gracia.

Así que me puse camisa y, junto con Vicenç, nos fuimos para allá. Metro y pesero –así se le llama a los minibuses- para cruzar, prácticamente, la ciudad.

Y por fin llegamos al Hipódromo. No sin antes ver cómo desfilaban centenares de atletas para la media maratón de la Rock’n’Roll México City, que arrancaba precisamente del Hipódromo.

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¿Del Hipódromo? Pues sí. No fue hasta cruzar media ciudad en transporte público, con una botellita de tequila escondida y más arreglados que nunca, que descubrimos que estábamos ahí por la maratón con ‘rockandrolleada’ del año.

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Os lo aseguro. Aquello fue como regresar a mis early-20’s y buscar una rave en los polígonos de Barcelona. Fue un poco irreal, y por eso me río todavía de pensarlo.

Al final llegamos, vaya que sí. Y nos encontrarnos con una radiante Alba que tenía entradas para la zona VIP.

Y allí, con un frío que pelaba, unos atletas celebrando su llegada por un lado y conciertos de bandas icónicas del rock mexicano -a nosotros, ni fu ni fa- por el otro, tuvimos nuestro momento.

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Fue como tomar una caña en cualquier antro de Barna o Madrid… pero mucho menos práctico.  O mucho más lejos que el garito de la esquina.

Así es Ciudad de México. Te entretiene hasta que no quieras.

Y sí, me quedé con ganas de ver una carrera de caballos. De las de las pelis, con señoras con pamela y ropa bien cara y hombres repeinados con puro en la boca.

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¿Alba? ¿Para cuándo un cine?

😛

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