Somos emigrantes económicos… ¿Y punto?

Estándar

Es ya costumbre, siempre que llega algún emigrante nuevo al DF en la primera quedada terminas hablando de dinero.

 ¿Cuánto se gana aquí? ¿Con cuántos pesos puedo vivir? // ¿Cuáles son tus expectativas? ¿Cuánto esperas ganar? ¿Con cuántos pesos te gustaría vivir?

Son turnos de pregunta-respuesta que pueden alargarse por más de una hora y en el que los emigrantes más veteranos (yo, después de un año, ya voy camino a serlo) terminan contando su experiencia y realidad defeña.

Para el recién llegado es una información útil y necesaria. Para el emigrante ya instalado, una forma de contar sus batallitas e incluso quitarse demonios de encima.

Parece un win-win, pero a mí, a ratos, me empieza a cansar.

Es la primera vez que, viviendo lejos de mi casa y en contextos totalmente distintos, el dinero entre expats adquiere tanta importancia.

A Ecuador, llegué con una beca bien pagada de una agencia de noticias, pero apenas sabía lo que cobraban otros amigos de mi entorno. Ahí había mucha gente con becas o programas de estudio españoles pasándoselo de lujo y sin estrecheces. Pero, a mí modo de ver, la mayor ilusión de la muchos de nosotros era estar inmersos en una realidad completamente distinta a la habitual. Ecuador, con su mezcla de clases y culturas, su indigenismo, su riqueza natural y su peculiar política, era nuestra fuente de alimentación.

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// Procesión de Jesús del Gran Poder de Quito, Ecuador.

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// Mono del Yasuní, el rincón más biodiverso del planeta.

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En Nueva Zelanda llegué perdido y sin mucho rumbo. Como muchos otros emigrantes españoles que íbamos con la Working Holiday Visa porque estábamos agotados de estar en casa. La mayoría superábamos ya los 25, todo un contraste respecto de post-adolescentes noreuropeos que, recién salidos del Bachillerato, se daban un año sabático en las antípodas.

Aquello era un “agárrate como puedas”, y todos buscábamos trabajo con más o menos atino en el sector servicios. Lo que fuera. Camarero, limpiaplatos, cocinero, limpiacristales o vendedor de churros.

Pero fíjate, tampoco hablábamos mucho de dinero. Lo importante era colocarse en algún sitio y ahorrar para el anhelado viaje en la otra punta del mundo… O mejorar el inglés para hacer carrera “de lo tuyo” en este rincón del Pacífico.

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// En el primer catering en la isla.

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// La furgo que tan bien me llevó por parte de NZ.

  Entonces… ¿Qué pasa en el DF? ¿Por qué se habla tanto de pasta?

Yo lo achaco a varios factores. En primer lugar, la sociedad mexicana es extremadamente consumista. No hay que olvidar que es la hermana peque de Estados Unidos, pero con muchos más contrastes y pobreza. Y ver esto día tras día, a pesar de ser crítico con este sistema, te lleva a tener mucho más presente el dinero. Sobre todo cuando en una conversación con defeños es normal que te pregunten por tu nómina. Tanto tienes, tanto vales.

En segundo lugar, el DF es una ciudad bonita pero también difícil con su transporte público masificado en horas pico, su aluvión de gente en las calles y los trayectos eternos para ir de un punto A un punto B que en el mapa parecen estar de lado.

Si miras la geografía mexicana está claro que, lejos de la playa y del respiro, en el DF se va a prosperar. Y esto requiere dinero, también.

Pero a estos factores externos hay que sumarles otros de internos. Mi grupo de aquí ronda los 30. Algunos de ellos han venido aquí a cambiar de aires, pero muchos otros a darse una nueva oportunidad en el extranjero tras vivir los últimos años en una montaña rusa laboral por la crisis económica.

Es gente que está quemada de su tierra natal, pero que tiene suficiente bagaje como para saber qué quiere, hacía dónde va y qué cosas no va a tolerar. El dinero, de nuevo, cobra más sentido.

Pero habría que hacer un esfuerzo, por chiquito que fuera, para distanciarnos un poco de nuestra realidad diaria (y pecuniaria) y ver más allá.

Sí, somos emigrantes económicos y todos necesitamos dinero para vivir. Esto no lo duda nadie.  Además, en casa, en muchos aspectos, estábamos mejor.

Pero si nos marchamos fue también porque la aventura, grande o pequeña, nos llamaba la atención.

Está bien hablar de quincenas, afán de superación y proyectos laborales, pero conviene no olvidar que no hay nada más enriquecedor que descubrir una nueva sociedad con todos sus contrastes. Como el cúmulo de entrañables virtudes e incomprensibles defectos que tienen el DF y quienes lo habitamos. Con la explosiva diversidad de México.

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// Celebrando El Grito en Coyoacán.

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// En el metro del DF.

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// Mérida  y sus espectáculos callejeros.

Lo siento, no pretendía sonar tan hippy. Pero creo que es mucho más sano plantearse el aquí y el ahora de una forma más abierta.

Porque somos emigrantes económicos… pero mucho más.

 

//Este texto me ha recordado a uno que publiqué hace unos meses reflexionando sobre ser emigrante o expatriado. En aquella ocasión hablaba de gente que vive en un mundo paralelo al mío, con un nivel de vida y status quo que en España era insoñable para ellos.

Prosigue la lectura aquí.

😀

 

 

 

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