Todo por una terraza: Cosas de aquí y de allá

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En Ciudad de México hay una cosa que sorprende a muchos emigrantes ibéricos; lo de tener terraza, balcón o roof garden parece que no va con sus oriundos.

En España, sin embargo, nosotros nos morimos por tener una terracita en casa… ¿Verdad?

Por lo menos en Barcelona y Madrid, sitios donde he vivido, es un valor añadido a cualquier departamento. Todavía recuerdo cuando me mudé al barrio de El Farró, en Barna, y lo mucho que fardé con mis amigos por tener terraza.

En aquellos quince metros cuadrados hicimos de todo: celebramos parrilladas y fiestas de cumpleaños, instalamos una manguera con la que nos remojábamos en verano para aguantar horas de bronceado, hicimos alguna que otra guerra de agua, plantamos un pequeño huerto urbano y sí, incluso una mi de mis compañeras de piso practicó nudismo bajo la atenta mirada, y deleite, de los vecinos más curiosos.

Pues sí, en otras tierras tener terraza mola y da caché. Y por esto y porque me gusta que me dé el aire, este fin de semana fui bien feliz porque gocé de terraza sábado y domingo.

El sábado fue el cumple de Ana. Ella y su pareja, Ainamar, viven en un departamento chiquito de El Escandón. ¿Lo mejor? Está en el piso de arriba y nada más abrir la puerta tiene una espacio abierto a su disposición. Para muchos vecinos, es sólo el preámbulo al cuarto de tender la ropa. Pero en esta fiesta en la que no faltaron juegos grupales y sangría, creo que supimos sacarle provecho.

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Y el domingo tocó vermut en casa de Giuliana.

¿La novedad? ¡Se había comprado una alberca de plástico!

Fuimos pocos y bien avenidos y cabe decir que el clima no se portó muy bien. Llegamos con un sol que tiraba para atrás pero para cuando por fin se llenó la alberca… pues no había más que nubes y un airecito frío que quitaba las ganas de remojo. Hicimos un poco el paripé, pero como dicen… “pal facebook”, y nada más.

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Puede descolocarme el poco interés que despierta una terraza entre los habitantes del DF. Aunque quizás los naturales de esta megaurbe se sorprenden de igual modo ante mi postura.

¿Quién querría tostarse al sol a más de dos mil metros de altura? ¿Quién quiere un roof garden en una ciudad con un clima cambiante y lluvias la mitad del año? ¿Quién quiere exponerse (todavía más) al contaminante aire de la city? ¿Por qué buscar desesperadamente un depa con balcón cuando seguro que alguien de mi familia tiene casa con jardín (por pequeña que sea) y lo puedo visitar el domingo?

Visto lo visto, ya no sé qué pensar.

Son cosas de aquí y de allá.

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