Día de Muertos: “Ya van llegando, ya vienen, ya vienen…”

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“Los días previos a Muertos se mueven y se caen cosas, inexplicablemente. Es entonces cuando decimos: Ya van llegando, ya vienen, ya vienen…”, así me contó Silvia Gabriel Vargas (a la derecha de la imagen) cómo vive su familia las noches que preceden los Días de Muertos, un festejo que acontece del 31 de octubre al 2 de noviembre en México.

La conocí en la diminuta y devota isla de Janitzio, en Michoacán, mientras acompañada de su parentela preparaba la tumba de sus padres y abuelos. Ellos fallecieron hace años, pero cada 1 de noviembre el clan asiste al completo para ornamentar el sepulcro con fruta, dulces, bebida y cempasúchiles, las flores naranjas propias de la fecha.

Este año, además, le sumaron a las ofrendas una tela de tamaño considerable con una Virgen estampada para coronar el humilde mausoleo familiar. “Mis papás y abuelitos eran devotos de ella”, me dijo mientras controlaba que los más pequeños siguieran poniendo flores.

Para ella esta fiesta representa recordar “a los muertos con optimismo”, aseguró, porque “algún día todos nos vamos a ir, y qué mejor que esperarlos felices y contentos que vengan de visita”.

Y así vive Silvia tales días, entre el pragmatismo de saber que la muerte no perdona, la vehemente superstición de conocer que los que ya no están regresan cada año y la esperanza de que sus hijos sigan la tradición y no falten a ninguna de las fechas.

Nos despedimos y me aseguró que pasaría la noche en vela, acompañada de los suyos y bebiendo ponche con piquete para calmar el frío.

Como ella, decenas de familias velaron sus difuntos la noche del 1 al 2 de noviembre en el cementerio de Janitzio. Aunque más que un velatorio, tuve la impresión que era una cena en familia con unos palmos de tierra de por medio.

Y con ellos, los de abajo, dando consejos y escuchando a los que todavía viven. Reconfortando desde otra dimensión en un ritual que nada en melancolía.

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Fue el día después en Tzintzuntzan, Michoacán, cuando entendí la magnitud de esta celebración. Vi cuerpos rendidos y al sol tras una noche sin pegar ojo y matriarcas desfallecidas pero todavía con las manos abiertas para orar al Señor. Vi cansancio, lloros y una profunda paz.

“Mi mamá, a eso de las dos, me dijo ‘Tómate un tequila”, me comentó Alfonso, medio en broma, antes de señalarme sus amigos y conocidos, aplastados por una noche de hermandad, frío y plegarías.

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Vi miles y miles de flores y tumbas de angelitos –así llaman a los que nunca se casaron- repletas de sus dulces favoritos. Y figuras realistas del tamaño del fallecido.

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Vi niños jugando entre muertos, saltando tumbas como quien sube a un tobogán ante unos padres que no censuraban. Porque en México la vida y la muerte se entremezclan y el tabú sobre ‘el más allá’ se digiere en la cotidianidad.

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Vivir el Día de Muertos en México es una experiencia preciosa. Es una celebración que te hace recordar el enorme patrimonio cultural de un país que, por momentos, padece del síndrome del patito feo en su afán por copiar a su vecino del norte.

Este es el México que estremece para bien y del que todos deberían sentirse orgullosos.

Quería despedirme de este post con estos tres mosqueteros de las calaveritas.

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// Si quieren ver más fotos de Pátzcuaro, Janitzio y Tzintzuntzan pueden visiar www.flickr.com/marti_quintana

¡Saludos!

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