Mérida: Descanso en chancletas

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Tras varios meses de trabajo non-stop, me tocó ir a Mérida, en la península de Yucatán, a cubrir un congreso de intermodal. ¿Que qué es el intermodal? ¿Será importante para el sector transportes?

Pues para quien no lo sepa, les dejaré con la intriga. Porque el congreso estuvo bien, muchas horas y mucho aprendizaje, pero prefiero centrarme en lo que vino después: Dos días de caluroso relax.

Tuve la suerte de ser acogido por Joan, un ex compañero universitario que lleva años viviendo en Mérida. Es un apasionado de Yucatán y la historia maya, y ha encontrado en esta ciudad colonial y colorida su propio rincón.

El viernes por la tarde me llevó con unos amigos suyos a una actividad en una plaza del barrio de Santiago. Se trataba de identificar zonas de interés, históricas, con algún conflicto o con personajes entrañables. Un proyecto bien interesante.

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Después conocí a más gentecilla, y terminamos embutidos en un coche para irnos a una fiesta. Yo andaba recansado pero el sitio estaba muy bien. Primera conclusión: Mérida, con su millón de habitantes, también tiene lugares molones donde salir.

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Y llegó el sábado. El sábado que tanto anhelaba… ¡porque me fui a la playa! Como buen mediterráneo que soy, llevaba muy mal lo de ver durante todo el verano como tus amigos del otro lado del charco cuelgan fotos en bañador. Sí, vosotros, sonrientes, cerveza en mano, jugando un partido de vóley o dándoos un bañito al salir del after.

Contarles que en el DF, por no haber, no hay ni piscinas municipales o públicas.

Así que me morí cuando pisé la arena. Vi palmeras y un mar bastante bonito. Progreso, en el golfo de México, no tiene las aguas cristalinas propias del Caribe, pero a mí me bastó con sentir el mar y bañarme en esta agua, que hay que decir, tiene una temperatura mucho más agradable que la de la Costa Brava, incluso en agosto.

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Como buen chico del siglo XXI que aspiro a ser, me tomé unas selfies con Joan. Había que inmortalizar el momento… ¡y colgarlo en las redes!

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Por la tarde-noche tocó fiesta en casa de unos amigos de Joan. La comida, riquísima. Y la compañía, divertida. A modo de apunte, muchos eran trabajadores del INAH (Instituto Nacional de Antropología e Historia) y otros tantos eran emigrantes españoles, catalanes y del mundo.

Segunda conclusión: Mérida, como México en general, acoge.

El domingo tuve la visita de rigor por el centro histórico.

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El momento más surrealista fue durante un espectáculo callejero. Ante un público tupido, Calabazo y Lucy hacían de las suyas mezclando humor autóctono con bromas internacionales. Y la gente se reía a carcajadas.

Previsiblemente, a los güeritos (extranjeros) nos tocó formar parte del show. Yo me escabullí como pude, pero el pobre y rubio Joan, con su pinta de nórdico leñador, fue el centro de atención y de muchas risas.

La gente le aplaudió al salir. Y queda esta foto para la posteridad.

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Mérida me vino fenomenal. Y aunque sólo fueron dos días, regresé al DF con ese no-sé-qué de que allí se vive muy bien. De que no me importaría probar otros aires en este inmenso país que es México.

Y lo mejor, las chancletas. Ir pa’ arriba y pa’ bajo en pantalón corto, manga corta y chanclas… ¡qué ganas tenía!

Aunque a ratos el bochorno ahí es digno de admirar, para mí este calor fue un lujo frente al irreverente clima de la capital, que cambia cada hora y media.

¡Hasta pronto, Mérida!

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