Antalya: Mi familia estafada en un Benidorm turco (FINAL)

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¡Hola amigos!

Perdonad el abandono temporal de mi blog… he andado muy ajetreado. Ya os contaré.

Pero regreso con el desenlace de esta rocambolesca historia que tanto os gustó, la de los Quintana en Turquía intentado arreglar un enorme embrollo inmobiliario.

Os pongo en situación. Mis padres, en la época del ‘boom’ económico donde el ladrillo y el dinero afloraba por todos lados, compraron un apartamento en Antalya, una gran ciudad en la costa de Turquía. No fue una decisión hecha al azar, un amigo  de confianza les propuso esta inversión (mucho más económica que comprar en España) y les aseguró un buen rendimiento. Era un complejo pensado para turistas extranjeros – sobre todo nórdicos – de bonitos acabados y en una zona pujante.

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Aquéllo no terminó nada bien. El constructor se fue dejando la obra a medias y los socios extranjeros tuvieron que enfrentarse a un juicio civil por no haber tomado las medidas pertinentes. Centenares de personas estafadas, una obra grande abandonada a su azar y mis padres medios en la historia. Mis padres, que durante cuatro años no pudieron viajar a Turquía para descubrir la situación actual de su piso.

Hasta este pasado enero, cuando mi padre y yo viajamos a Turquía para intentar solventar este embrollo. Descubrimos que teníamos piso, que no lo habían ocupado ni reventado, y que era un lío legal aun más grande del supuesto. Pagamos impuestos atrasados, quedamos con abogados, viajamos un poquitito y limpiamos el piso hasta dejarlo ‘net como un patena’.

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Y conocimos a Emine, dueña de una pequeña inmobiliaria que había seguido el caso desde que salió a la luz, involucrada en el desarrollo legal del proceso y la única persona que nos se ofrecía a venderlo que nos dio confianza y no nos sacaba ni un ojo ni un riñón por el servicio. Así quedamos, y regresamos a casa con todas nuestras esperanzas en sus manos.

Han pasado varios meses y un sinfín de correos electrónicos. Emine, belga afincada en Turquía desde 1997, se encargó de todos los asuntos presenciales, y yo actué de informador y traductor de mis padres.  He aprendido palabras del sector judicial, constructivo y burocrático que no sabía que existían,  así que imaginaros emplearlas en inglés.

Al cabo de un mes, Emine encontró un comprador, y empezaron las reparaciones necesarias para preparar el piso para la venta. Hace cosa de dos semanas estaba listo para la venta, y llegó el empujón final.

Mis padres tramitaron papeles del consulado turco en Barcelona, contrataron a un traductor oficial, dieron poderes a Emine e hicieron su parte siguiendo las indicaciones a rajatabla. Proxys, Iban’s, Swift’s, Tapus, abogados, consulados, escrituras, tributos, casas de cambio, remesas… y todo a contrarreloj, pues las elecciones turcas, y acciones gubernamentales como el cierre de Twitter, hacían peligrar el valor de la moneda del país.

Así, a cinco días de las elecciones, conseguimos hacer los trámites y faltaba la parte de Emine. ¿Cumpliría con su trato? ¿Sería este ser entregado que aparentaba? La verdad es que jamás dudamos de ella, a pesar de los múltiples embustes que vivió mi familia en ese país. Eso dice mucho de esta mujer en sus sesenta, de pelo blanco y largo y unos profundos ojos azules.

Y nuestras impresiones fueron muy ciertas. Emine cumplió su parte del trato y en pocas horas, mis padres tenían el dinero de la venta en su cuenta catalana. Un dinero que ya dábamos por perdido, y que en tiempos de crisis nos hará mucha falta.

Es una historia con final feliz, casi una fábula con múltiples moralejas.

Todos hemos aprendido una lección de ella. Y yo, sin duda, muchísimas cosas más.

Pero sobre todo, me quedo con Emine. Una mujer buena, trabajadora, luchadora y con ideales. Alguien que te hace creer en el género humano. En todos estos meses de mails cruzados hemos afianzado una pequeña amistad. “Le tomé cariño”, me dijo mi padre por correo electrónico. Y yo también, pues ha sido parte de mi aventura mexicana al preguntarme cómo me va por aquí, comparar su historia migrante con la mía y pidiéndome una foto con un sombrero mexicano.

Mi foto aun no la tengo, pero mis padres se encargaron de darle las gracias de una manera muy especial. Aquí os dejo su bonito detalle:

ToEmine

 

 

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