En México todo es posible: Primeras impresiones y un mundo por explorar

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Dicen que las primeras impresiones no son las más importantes y que se debe prescindir de ellas, pero está claro que marcan la diferencia. Y que son absolutamente inevitables.

Y estos primeros días, con sus cosas buenas y sus cosas malas, no han podido ser mejores.El primer día, con un jet lag considerable, visitamos el centro histórico. El Palacio de las Bellas Artes, la Catedral, la Plaza Garibaldi y muchas callejuelas donde abunda una rica mezcla arquitectónica y un montón de vendedores ambulantes y artistas callejeros.

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En ese momento, me sorprendió gratamente comprobar que había un especie de caótico orden y que la ciudad, aunque llena de policías y guardia armada, presentaba un aspecto más afable que el que pintan los medios de comunicación españoles. Sí, en esos primeros instantes pensé: “Aquí podría vivir”.

Lo sé, es una afirmación precipitada, pero es bueno que un sitio te entre por los ojos. El resto, lo más difícil para un emigrante que se lanza a la piscina, ya vendrá.

Por la tarde, descubrí otra faceta de esta mole gigante de ocho millones de habitantes en su núcleo y de veinte millones en su conurbación urbana. A partir de las cinco de la tarde la fisonomía de la ciudad cambia por completo, las calles se petan de automóviles y las aceras de transeúntes. Es aquí cuando descubres que sí, que vives en una de las metrópolis más grandes del mundo.

Visitamos el centro de Coyoacán y como buen  turista, nos fuimos a ver un combate de lucha libre. Antes nos tocó la prueba de fuego; tomar el metro en hora punta. Una experiencia harto estresante, que creo que se merece un post entero. Es como meterte en una olla a presión muy pero que muy congestionada, donde falta el aire y sobra el sudor.

No hay que ser catastrofista. Hoy fui a una tienda de teléfonos móviles y el dependiente, del DF de toda la vida, me ha dicho que “uno se acostumbra” al metro. ¡Espero que sea pronto y rápido! Pero el metro es algo digno de ver.

Tan digno de ver como el combate de lucha libre al que llegamos. No entraba en mis planes ir a ver una pelea de este tipo nada más llegar, pero nos hospedamos en casa de Jose – un catalán que lleva tres años en el DF- gracias a un ex compañero de trabajo que está en México de vacaciones, así que no había excusa para no empezar mi peripecia mexicana con un combate de la CMLL, que es de lo más turístico.

Y fue fenomenal. Tanto por la pantomima de combate, lleno de acrobacias de hombres hipermusculosos en leggins ajustados como por ver como la gente lo VIVE. Ver a pijas (aquí las llaman fresas) llevando una máscaras de luchador durante toda la lucha y a niñas apoyando al peleador Camaleón o a la gran Marcela (sí, también pelean mujeres) como si les fuera la vida en ello es muy divertido. Una lástima que no se pudieran tomar fotos más que con el móvil.

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Es muy difícil resumir todo lo sucedido en estos dos días. No solo ha sido hacer turismo, sino conocer a gente que lleva bastante por el DF y te cuenta su experiencia. Mucha y buena información que se podría resumir en una frase que me ha dicho más de uno: “En México todo es posible”.

Yo espero que así sea y que la ciudad me acoja bien, porque a mí ganas no me faltan de ser parte de ella.

Sé que habrá momentos de añoranza… aunque solo tengo que mirar esas bicis para teletransportarme. ¿A qué os recuerdan, barceloneses?  

😀

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