Antalya: Mi familia estafada en un Benidorm turco (Parte 1)

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Allá por 2007 el mundo se había vuelto loco. ¿Os acordáis? Había una confianza ciega en el que el sector inmobiliario crecería infinitamente, y que todo el mundo con algo de capital se haría rico comprando y vendiendo pisos.

Por aquél entonces mis padres tenían una empresa que ahora no tienen. Y después de más de 20 años de esfuerzo, con todo su tiempo y salud (literalmente) puestos en la pequeña empresa, creyeron que ya les había llegado el momento a ellos de hacer una inversión de este tipo. Algo que generara dinero sin tener que romperte la cabeza y la espalda.

Ahí apareció un amigo de mi padre, un holandés afincado en Lleida que “todo lo que tocaba lo convertía en oro”, en palabras de mi padre. El negoció era seguro; comprar un piso en Antalya, en la costa mediterránea turca, y venderlo al cabo de unos años por mayor valor después de gozarlo unas cuantas vacaciones.

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Todo pintaba fenomenal. Turquía entraría en la Unión Europea y el ladrillo era una apuesta segura. Aquella construcción estaba avalada por constructores belgas y turcos y ubicada en un rincón de Antalya destinada a convertirse en una zona para turistas de clase media y alta. El complejo, llamado Antalya Tennis Resort, estaría completamente vallado y tendría piscinas, saunas, gimnasios y demás. Y con un precio mucho más asumible que las barbaridades que se pedían por aquel entonces en España.

Recuerdo cuando mi padre me comentó esta inversión. Él, muy convencido de lo que hacía, me llegó a transmitir este entusiasmo. Y yo,  aunque consciente de que ya se hablaba del ‘boom’ inmobiliario y sus nefastas consecuencias, llegué a creerme que el proyecto era de lo más.

Pero de pronto las cosas se torcieron. Mucho y trepidantemente.

La constructora turca se quedó sin dinero, dejó la obra a medias y su promotor desapareció del país llevándose consigo el dinero. Hoy está buscado por la justicia turca y en paradero desconocido. Los inversores belgas y holandeses se quedaron sin liquidez y en un lío legal de tres pares de narices. Pronto descubrieron que no solo la edificación no estaba acabada, sino que el turco había vendido un mismo piso hasta dos veces.

Era 2008 y hasta aquí, el drama dejaba a unos 400 afectados,  la inmensa mayoría de ellos extranjeros en Turquía. Los pisos en sí estaban construidos pero faltaba la reja exterior y todas las zonas comunes. Además, algunos pisos no tenían buenos acabados, y el ascensor era un hueco.

Los afectados se pusieron manos a la obra, contrataron abogados y, entre todos, pusieron algo de dinero para procurar que se acabaran las obras que eran esenciales.

 Aquí vino una segunda ola de desilusión. Los abogados persiguieron al constructor turco, que desapareció, y el complejo se dio casi por perdido. A todo esto, hay que entender que la mayoría de gente no podía viajar a Antalya para arreglar sus cosas y todo se hacía a través de portavoces y firmando poderes ante notario.

La persona encargada de defender los intereses de los españoles era una tal Yassar, que pronto se descubrió que solo miraba para su propio beneficio. Decía que aquella comunidad era “un nido de serpientes” y acusaba a los belgas de llevar el proyecto por el mal camino. Aun así, se dedicaba a comprar los pisos posteriormente a mitad de precio, y a modo de favor.

A todo este entramado hay que añadir que los inversores belgas, y el amigo holandés de mi padre, eran tanto estafados como estafadores. Y poquito a poco, dejaron escurrir el bulto…

A nivel personal, no fueron tampoco unos años fáciles. Mi familia tuvo que cerrar la empresa y mi madre se puso muy enferma. Aunque hoy se encuentra la mar de bien, en este contexto hay que entender que mi padre se desentendiera por completo del problema.

Hasta hace cosa de un mes. Cuando decidió que ya era cosa de zanjar el asunto e ir a ver qué teníamos o qué no teníamos en este rincón de Turquía. Y empezó el culebrón, en su segunda parte.

Me pidió que fuera con él para ayudarle con los trámites y lo que pudiera acontecer. Mi padre no habla inglés ni turco. Así que imaginaros gestionar un embrollo de semejantes dimensiones sin un idioma común.

Como ahora estoy en paro,  soy un auténtico TripleP y amante además de las causas (casi) perdidas, me apunté al carro. “Como en una peli de Esteso y Pajares”, pensé. Cinco días, del 30 de diciembre al 4 de enero, para ponerlo todo en su sitio. Cinco días y muchas sorpresas de por medio…

Divido esta historia en varias partes, pues como en todo buen relato, hay que darle emoción.

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