Gul: Una ‘paqui’ moderna en un matrimonio arreglado

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Divertida, despierta y algo lenguaraz, así es Gul Khanda Aslam (Flor abierta en paquistaní), que con 26 años está a punto de vivir el momento más radical de su vida.

A Gul la conocí este verano trabajando de camarero en la plaza de Osca del barrio de Sants. Ella era la chica del badulaque de al lado, al que siempre íbamos porque nos faltaban cosas de último momento, y este no cerraba nunca. Con vestidos propiamente paquistaníes, coloridos y de una sola pieza, me atendió siempre con una sonrisa de oreja a oreja, y con cualquier pretexto aprovechaba para hablar.

Fue a finales de verano cuando me enteré que se iba a casar, o mejor dicho, la iban a casar. “Es un cambio que no me esperaba, no sé por qué. Me han buscado marido, un primo segundo, que no conozco de nada ni he hablado nunca con él”, me comentó.

Me quedé atrapado por su historia, que me iba contando con cuentagotas, cada vez que coincidíamos en la tienda. Meses más tarde, me decidí a entrevistarla, me parece que es un vivo ejemplo de esta mezcla de moderno y tradicional que pervive en tantas familias inmigrantes.

Realidades que viven escondidas bajo un falso manto de integración, y que denota cuán diferentes (e iguales) podemos llegar a ser.

Este es un retazo de su vida, un pedacito de esa chica excepcional que nunca pierde su sonrisa.

Gul llegó con 11 años a Barcelona. Cuando su padre, que había emigrado a Alemania unos años antes, se fue a España porque había conseguido ‘papeles’ para él y su familia. Eran 8 (4 hermanas, 2 hermanos y los padres).

Y fueron unos abanderados. “Cuando llegamos al barrio (viven en las faldas de Montjuïc) no había ningún otro paquistaní, fuimos los primeros”, presume.

Empezó la escuela y le fue fenomenal. Aprendió al catalán y el castellano como si nada – idiomas que hoy maneja a la perfección – y se llevaba bien con todo el mundo. Pero la adolescencia fue más complicada, y por ello no guarda tan buen recuerdo del instituto. “Los niños gitanos me gritaban que iba disfrazada y que no era carnaval, por la ropa que llevo típica de mi país”, explica. “Yo lloraba porque no estaba acostumbrada y no podía hablar tanto como ahora”, resume colocándose bien el cuello del vestido verde turquesa que hoy lleva puesto.

Gul, a pesar de sentirse “más de aquí que de allá”, nunca ha renunciado a llevar la vestimenta típica de su país. Un hecho que sabe que la distingue de la inmensa mayoría de chicas de su edad en Barcelona, pero que poco le importa.

Dejó el instituto tras terminar la ESO. “Tenía que ir a ayudar a mis padres en la tienda, porque no hablaban ni catalán ni castellano”. De este modo Gul, con 16 años y las hermanas mayores casadas y viviendo en Pakistán en aquella época, se convirtió en la traductora oficial de la familia.

“Quería ser maestra, pero nunca lo pasé mal por no seguir estudiando”, reconoce hoy.

Así entró en la edad adulta, desviviéndose en el negocio familiar, formado en ese momento por una frutería y un mini supermercado, y haciendo más horas que un reloj.

“Antes trabajaba todo el día. Ahora solo de 4 a 12 de la tarde, de lunes a domingo”, dice riendo. Entre el espíritu laborioso de su familia, y el conservadurismo de sus padres, Gul no conoce prácticamente Barcelona. Sin duda, lo que más me sorprendió de su relato.

“Jamás he salido de mi barrio. Siempre trabajo en la tienda. Los ‘paquis’ (ella se autodenomina así) no cerramos nunca. Una vez fuimos a la Barceloneta, en invierno y de noche”, explica. “Es por nuestra costumbre, que no puedo ir sola a ningún lugar, aunque con mis hermanas sí”, apunta

Mientras las otras chicas de su edad compiten por quien tiene el mejor bronceado, el mejor novio o se emancipa antes, Gul vive su situación con filosofía. Reconoce que no todo es como le gustaría y que a veces desearía tener más libertad… pero a la vez adora a sus padres, que reconoce como un pilar fundamental de su vida. Y a su modo, también da pequeñas muestras de rebeldía:

“Somos 15 hermanos, 2 cuñados y 5 sobrinos. Vivimos todos en tres pisos de un mismo edificio y es costumbre paquistaní que en casa de los padres se debe cocinar para todos. Por eso no me puedo estar en casa y prefiero la tienda. ¿Tú sabes cuánto tardas en cocinar para todos? Te pasas todo el día ahí metido”, dice Gul, quien a diferencia de sus paisanos odia el picante.

Gul es musulmana. Al igual que toda su familia y la mayor parte del Pakistán. Una familia conservadora en este aspecto, sobre todo con las chicas de la familia. “Somos muy estrictos con el Ramadán. Aunque los hermanos dicen que no comen cerdo yo no lo sé, porque sí beben algo de alcohol”, puntualiza.

De este modo, mientras sus hermanos tienen una vida más occidental porque tienen novias catalanas, salen de fiesta y visten como cualquier otro barcelonés, las hermanas siguen una vida más paquistaní. “Es la costumbre”, resume Gul a modo de mantra, aunque afirma que no le gusta, y que por eso ve la boda como una oportunidad, un cambio de aires.

“Me voy a casar  y cuando regrese no quiero ni mi marido ni mis padres de primero. Quiero ver todo y viajar. Se lo he dicho a mi madre. Sobre todo conocer Barcelona”, me cuenta.

Pero antes de ver cumplido este sueño le espera una larga odisea. Una peripecia que empezó a finales de verano y sin que ella lo supera.

Su madre contactó con un cuñado suyo de visita por el Pakistán, y le ordenó que buscara un posible marido para Gul. Encontraron a Irfan, un primo segundo de 28 años e ingeniero en Dubai. Y todo se precipitó.

Las familias se enseñaron fotos de los jóvenes y quedaron por skype. Por Internet, a Gul le enseñaron una foto de su futuro marido. “Cuando le vi la cara no supe qué decir. Y en Pakistán, si la novia no dice nada, significa que acepta. Yo eso no lo sabía”, me cuenta riendo. Ella siempre se ríe.

Y así, a través de un par de fotos y muy buenas referencias por parte de familiares y vecinos. Se prometieron.

“Tengo miedo, no sé cómo será el otro”, me reconoce mientras la entrevisto, apoyados en un frigorífico de la tienda. Y con su madre, en el mostrador, pendiente de todo sin perder la sonrisa.

Pero hay algo que preocupa aun más a Gul, el peinado de Irfan. “Yo le dije a mamá que me buscara uno guapo, aunque no tuviera carrera. Y este chico… me lo esperaba más moderno. Sobre todo por los pelos, es el típico paquistaní que se hace la raya en medio”, un tema que me repite en más de una ocasión. “Mi madre me dice que ya lo cambiaré”, apunta.

Pero como aun no ha podido hablar con él, ya le ha dicho a su hermano que le diga a su cuñado que le diga a él que en la boda… nada de peinados ‘paqui’. Y en esto es muy rotunda.

Se casarán en marzo, y ella viajará un mes y medio antes a Pakistán, para preparar su vestido, conocer la familia y su tierra natal.

Está entre nerviosa e ilusionada. Y a mí me gusta la energía que transmite. ¿Cuántos de aquí asumiríamos con semejante temple un hecho de estas características?

“No sé qué pasará ni como saldrá, pero estoy un poco ilusionada porque mis hermanas, desde su boda, hacen lo que quieren y los cuñados no dicen nada. Yo ahora tengo que dar explicaciones por todo a mis padres. ¡Es un agobio!”, confiesa Gul.

Y así día a día se mentaliza para la boda. Boda no, más bien bodorrio. Tres días y mil y pico de invitados, paquistaníes provenientes de todos lados y regalos de familiares, amigos y conocidos. Su suegra, para empezar, ya le ha regalado una casa en su pueblo natal. El pueblo ‘22’ de las afueras de Islamabad, porque ahí numeran los pueblos.

Y tras este gran jolgorio la vida de casada. Un libro en blanco.

De Pakistán viajarán a Dubai. Gul dice que no le gustará porque no conocerá a nadie. Aunque le dará una oportunidad al país lo que ella quiere es regresar a Barcelona.

Y aquí viene un primer dilema. Ella quiere viajar y visitar, aunque sus hermanas ya le han advertido de una cosa: “En Pakistán te casas para tener hijos”. Así lo hicieran ellas y tantas otras mujeres.

Gul no se plantea ser madre, o eso dice. Aunque sus ojos soñadores la delatan. “Si fuera madre sería una madre más de aquí que de allí, lo tengo muy claro. Sobre todo con mis hijas. Las educaría dentro de la religión musulmana, pero mucho más abiertamente. Y les dejaría hacer más cosas…”

Aquí acaba nuestra conversación. Le pido una foto del futuro esposo, y me la enseña, contenta, desde el ordenador que tienen en caja.

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Al chico se le ve un tipo muy normal. Ella me dice que me ha mostrado la foto donde no lleva la raya en medio, el peinado ‘paqui’.

La madre, a un ladito, se explica como puede en español: “Es buen marido, de familia muy buena, buena posición. Todos abogados, doctores e ingenieros”, concluye, orgullosa de haber zanjado un pacto que dará a su hija una posición social envidiable.

Y así, poniéndole cara al marido, me despido de esta encantadora familia.

Gul es un ejemplo del mundo paquistaní que cohabita en la ciudad y que tanto desconocemos. Es una forma de ver la vida y el mundo tan tan diferente que me agradaría que nadie la criticara. Yo no veo una chica que sienta solo cortada su libertad. Más bien alguien que acepta parte de una vida que le viene tremendamente impuesta con buen humor, y que tiene muy claro que hará los posibles para cambiar lo que no le gusta. Poco a poco, con tacto, inteligencia y sin ofender. 

¡Buen viaje y feliz boda, Gul!

¡Y peina al novio!

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