Visitas del otro lado del mundo que reavivan el espíritu aventurero: You get what you give

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Esta semana me han visitado Palta y Fiona, dos amigos que hice en Nueva Zelanda mientras hacia mi ruta aventurera por el sur del país.

Justo en la semana en que se cumplía un año desde que aterricé en este país en las antípodas de Barcelona, y cinco meses después de mi partida, parece que Nueva Zelanda no quiere despegarse de mí. Quiere recordarme a través de detalles y personas todo lo que significó.

En esta ocasión, no fui yo el invitado sino el anfitrión – ¡qué extraño! – y me tocó enseñar mi lado favorito de Barcelona. La verdad es que me lo pusieron muy fácil.

A Palta, un chileno afincado en Nueva Zelanda desde hace unos tres años, le mostré mis lugares favoritos del centro de la ciudad. Decía que Barcelona siempre había sido uno de sus sueños. Y vaya, puedo cerciorar que vivió cada segundo en la ciudad como el último. Nos vimos un par de días, en la segunda ocasión le invité a casa a cenar.

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Me lo curré tanto como me lo permitía la cartera. Y me aseguré que en la cena hubiera todo lo más catalano-español posible. Fuet, aceitunas, boquerones, ensalada con queso brie, pollo con salsa azul… ¡e incluso turrón de Xixona! No hay nada mejor que adelantar las Navidades con un buen pretexto…

Me consta que quedó la mar de contento (y lleno). Y nos despedimos con un buen abrazo, de esos casi fraternales y una foto muy ‘last minute’ en la cocina de mi casa. Luego puso rumbo a Alemania, a continuar su ruta europea. Quién sabe si la casualidad volverá a unirnos en alguna latitud. Visto lo visto, todo es factible.

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Y llegó el turno de Fiona y su madre. Ay Fiona… la irreverente, encantadora y algo snob Fiona.

No sé ni por dónde empezar. A Fiona y a su marido ‘Possum’  les conocí mediante Helpx, una página de Internet que une personas que buscan a alguien que les eche una mano en casa con alguien dispuesto a ayudar a cambio de manutención. La pareja, padres de tres hijos, me acogieron en su casa de Wanaka durante una semana. Tuve, como diría la canción, “the time of my life”. Viví en una casaza de estas que salen en las revistas de decoración. Con todo tipo de lujos e incluso un mini apartamento para mí. Algo de agradecer tras dos meses haciendo autostop. Pero lo más importante es que conocí una familia diferente, divertida, bohemia y muy peculiar. Personas extremadamente generosas a quien no importaba nada compartir su bienestar, que sabían de su suerte y se reían de su posición social, probando que para ellos, el dinero era un medio, no una finalidad.

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Pues bien, el pasado jueves tocó mi segunda parte con Fiona. La mujer se había empeñado en que le hiciera una rutilla de bares y la llevara a comer paella por Barcelona. ¡Qué responsabilidad! Siempre da respeto organizar rutas con gente que tiene más poder económico que tú… porque no sabes si tus planes coincidirán con sus gustos… o en qué punto quedará tu cuenta bancaria si la cosa se anima.

Pero con ella nada más lejos  de esta realidad. Me la llevé a la famosa Xampanyeria i a un restaurante de la Barceloneta que me habían recomendado. Todo BuenoBonitoBarato, y ella, que quería un poco de espíritu tabernero, quedó muy satisfecha.

Además, le regalé un libro de Gaudí (sí, muy típico) y un cuentecito muy cañí que hallé en una tienda de segunda mano y le fascinó. Una pena que no nos tomásemos ninguna foto.

Reconozco que aún no le pillo del todo el rollo a Fiona. Tan pronto te habla de Koons o Picasso como se planta con un gallo disecado en su casa… ¡o eructa en un restaurante y te culpa a ti de ello!

Quizás por ello me dio tanta pena despedirme de ella. Siento que hay muchas facetas que aún no conozco, y espero que en próximas ocasiones pueda ir descubriéndolas.

Con todo, estos dos bocados de mi experiencia en Nueva Zelanda fueron una gozada. No sabéis lo bien que sienta poder devolver, aunque sea solo un poquito, la amabilidad con la que yo fui tratado en la otra punta del mundo.

Además, estas visitas coincidieron con mi última semana de trabajo en un bar donde, en cambio, no ha habido un ‘happy ending’. Y reencontrarte con gente que te abrieron las puertas de su casa sin conocerte y que al viajar miles de kilómetros de lo primero que hacen es ponerse en contacto contigo porque guardan un bonito recuerdo de ti…es de lo más emocionante y gratificante.

 ‘You get what you give’ que dice el mantra y cantaban los New Radicals.

Ojalá todo el mundo se aplicara el cuento. Yo procuro llevar esta frase grabada con fuerza en la cabeza: “Das lo que recibes”.

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Gisborne, New Zealand. Febrero 2013.

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