De paseo con la familia: Cadaqués y Garbet

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Hoy voy a contaros una excursión algo diferente. Un paseo que di con mi familia por el norte de la costa catalana hace un par de semanitas.

Quien haya leído mi blog con anterioridad recordará el viaje que me pegué solito por Nueva Zelanda, haciendo autostop y conociendo a amigos de todos lados. Pero no estoy nada acostumbrado a viajar con la familia. Ni ahora ni de más niño. Mis padres siempre estuvieron muy ocupados trabajando, y en el fondo también son bastante del refrán “Com a casa, enlloc” (Como en casa, en ningún lugar).

Pero a mediados de agosto, aprovechando que tuve dos días libres y seguidos, nos fuimos para Garbet. Garbet es una playa cerquita de Colera, en el norte de la Costa Brava, a la que íbamos una vez por verano de pequeños. A  mi madre le hacía ilusión volver a pisar esta playita nada edificada y de piedras oscuras.

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Nada más llegar buscamos sitio para cinco. Mi abuela, mi tía, mis padres y yo. Cinco personas que por tener entrelazados sangre y apellidos… ¡de poco se parecen! Que si a uno le gusta el sol, al otro la sombra. Que si uno quiere jugar a las piedrecitas y el otro tumbarse y leer el periódico.

En mi abuela y mi tía estuvieron los extremos. Mi iaia con 84 añitos de nada, morena a punta pala porque va con las amigas a la playa. Ahí se quedó chupando sol y con nada de sombrilla. Mi tía, por el contrario, como tenía el pie medio lesionado, no podía bañarse, y optó por el negro riguroso. Una ‘femme fatale’ playera, ningún rayo solar podía tocarla, a la muy presumida.

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Mi madre, ni sol ni presumida, ella práctica. Con gorra de Matabi, la marca de un pulverizador que vendíamos en la tienda, y la misma bolsa de la playa que utilizábamos en los noventa.

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Y mi padre, haciendo montitos de piedras planas. Toda una costumbre playera en la familia Quintana-Badosa. Yo también me apunté al juego. Es como jugar al Burro Saltarín en versión neolítica. El que poniendo una piedra se le cae el monto, pierde.

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Y así pasamos la mañanita, entre baños, paseos por la playa, juegos y mucha charla. Trascendente e intrascendente, como una buena familia de domingueros de clase media.

Cuando plegamos velas, nos fuimos a un restaurante de la zona que mi padre conocía Comimos delicioso, y yo claramente abusé. Si algo tiene viajar en familia es que por un día no tienes que contar centimitos en plan pobre: Cazuela de caracoles de primero. Pollo con cigalas de segundo. `’Coulant’ de chocolate de tercero.

Así de fino me puse.

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Por la tarde tocó ruta por Cadaqués. El norte de la Costa Brava es precioso. Mucho más salvaje y virgen que otros rincones del litoral catalán. Nos paramos a hacer las fotos de rigor. ¡Vaya peazo familia!

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Y llegamos a Cadaqués, un pueblito encantador, de casas blancas y calles empinadas.  Cadaqués, que Dalí puso de moda en los cincuenta- sesenta,  vive a medio camino entre lo hippy y lo chic. Aunque turístico a radiar, deja fotos para la posteridad. Imagen

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También deja otras fotos, como mi padre y madre posando. O yo encomendándome la calle Curro (Trabajo). A ver si se atienden mis plegarias

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Después del paseíto final, regresamos a casa.

A la vuelta, no faltaron canciones de Manel ni mi padre entonando habaneras sobre el Empordà. La viva estampa de una familia catalana de pro…

Fue una bonita excursión. A veces, de tanto ir pa’ arriba y pa’ bajo, uno se olvida de lo bien que se está entre los tuyos.

No hay nada como la familia, que diría Vito Corleone.

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