Sonrisas callejeras (que ya echo de menos)

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Podríamos decir que mi normalidad barcelonesa por fin ha empezado. Llegué hace un mes y he conseguido lo básico: tengo un trabajo que me sustenta, un techo que me protege, amigos reencontrados y un tobillo totalmente rehabilitado tras varios días de fisioterapia.

El día a día se dibuja algo rutinario pero bonito. Y estoy gozando estas pequeñas dosis de monotonía que a veces tan bien vienen.

Pero echo mucho de menos una cosa: Las sonrisas callejeras.

 En Nueva Zelanda, y sobre todo en el Sureste Asiático, intercambiar sonrisas es una constante. Entre extraños y en cualquier circunstancia, abunda este gesto y la mirada de simpatía. Tan tópico como cierto.

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Es una complicidad efímera que aquí echo de menos. Curioso como un leve rictus en los labios puede marcar un fugaz encuentro, y hacerte sentir aceptado y bienvenido.

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En Vietnam, Cambodia, Bangkok… me sonreían por todo. Y yo, como mochilero alucinado, llevaba mi sonrisa pegada a la cara. Considero además que es la mejor herramienta para pasear por el mundo… e incluso creo que me ha salvado de momentos un tanto peliagudos. Pues si transmites ‘buenrollismo’, sin ser falso ni exagerado, también trasmites empatía y seguridad.

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Algo tendrá que ver la religión. Mientras que Buda sonríe contemplativamente en la mayoría de sus imágenes, nuestro mártir particular, Jesucristo, como mucho logra poner cara de autocomplacencia. Comparadlo vosotros mismos:

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Por una cosa o por otra, aquí no funcionamos así. Y yo los primeros días andaba un poco perdido. Sonriendo a diestro y siniestro. Cuando iba a comprar el pan o con desconocidos con quienes me cruzaba en la calle. La mayoría ni siquiera me miraba, otros tantos, se quedaban extrañados. Unos pocos, muy pero que muy poquitos, me devolvían la sonrisa.

 Obviamente, al cabo de unos días me olvidé de sonreír de esta manera. Sonreír al libre albedrío, aquí no se lleva. Y uno vuelve a lo de siempre. A andar con la vista fija y con la música a todo volumen.

No es tan triste. Como sociedad también tenemos un montón de cosas buenas. Que no todo en la vida es sonreír. Somos agradables y cercanos al trato. Tenemos buen espíritu. Y mientras tengamos algo de sol y alguien con quien compartir penas y alegrías, no perdemos el buen humor.

Y nos encanta el ‘vecineo’. Bueno, por lo menos a mí, que el escaso mes que llevo en el barrio de Sants, ya me he hecho coleguilla de la china de la verdulería, la que tararea temazos de Cadena Dial. También me río con la pakistaní del lado de mi curro, que me regala cerezas a falta de fresas. Le hago bromas a la Sra. Iria, de mi supermercado de confianza. Y ando loco por hacerme amigo de los gitanos que tengo enfrente, que en verano se sacan la silla plegable a la calle y comen pipas compulsivamente.

 Además, creo que en este país somos los reyes en montar mercadillos y ferias. El otro día en Sants organizaron una de ésas. Cortaron el tráfico todo el fin de semana, y la calle se llenó de paraditas, actuaciones y exhibiciones. Todo el tejido social del barrio se echó a la calle, que rebosaba de gente y colores. 

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¡Ay va! Lo que debería ser un post nostálgico me ha servido para darme cuenta de que aquí también tenemos mucho de lo que alardear.

Con todo, os dejo con esta imagen del interior de una diminuta casa flotante de Ha Long (Vietnam).

¡Hasta otra!

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