Chapa y pintura: Estoy como nunca

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Hace unos días que llegué a Barcelona. Hogar, dulce hogar.

Volver es tan bonito como difícil. Se mezclan emociones contradictorias, y cosas tan simples como un buen trocito de longaniza o ver la ciudad algo menos luminosa de cómo la recordabas puede hacerte reír o llorar.

Yo llegué agotado. Supongo que cuando viajaba no me daba cuenta de ello. Pero es que lo mío fueron cuatro meses a todo trapo; autostop, mochila, acampada, couchsurfing, rutas de montaña, mucho frío, mucho calor, soledad, subidones y bajones… y volver a empezar.

El sudeste asiático podría haber sido algo más relajado. Pero viajaba con todas mis pertenencias de Nueva Zelanda … e intentar hacer un viaje de mochila con una maleta de ruedas a petar, el ordenador, mi cámara y otros menesteres, fue todo un reto.

Así que llegué tan cansaíco perdido que me he tenido que someter a un tratamiento de “chapa y pintura”. Vale, no me he retocado a lo Isabel Presley ni maquillado a lo Sarita Montiel, pero no encontraba mejor expresión para contaros cómo he vivido estos últimos días.

He comido mucho, mucho y muy bien. Cocina mediterránea y mucho embutido. Ensaladas y grasita de la buena, de esa que se encuentra en una buena paleta de jamón serrano. La cosa ya pintaba bien nada más llegar… ¡me esperaban en casa con todo un surtido!

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Luego tocó visitar a mi familia. De Girona y de la ‘terra’. Unos días que me han venido de lujo para recuperar fuerzas. Básicamente comí hasta reventar, con mi familia cocinándome lo que más me gusta. Especialmente mi abuela, que siempre que vengo de turistear por ahí me hace unas deliciosas gambas.

Y así celebré mis 27, compartiendo vermuts con mi padre, en Siso, y comiendo su famoso arroz a la cazuela. “Es insuperable”, afirman en mi familia cada domingo. Él, sonríe.

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En mi fiesta de cumpleaños no faltaron tampoco unas velas que soplar y muuuuchas reflexiones y consejos familiares acerca de cómo afrontar esta nueva etapa en mi vida. Un tema recurrente en las reuniones con la parentela. Que ya os contaré.

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También dormí, dormí mucho. Creo que en mi vida había dormido tanto y tantas horas. Noches pegado a la cama por más de 9 horas, para luego encadenar siestas de hora u hora y media durante casi una semana. ¿Dónde se ha visto esto? Yo soy hombre de dormir 7-8 horas… ¡que hay que aprovechar el día!

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Pero me vino fenomenal. Todo fenomenal. Recuperé energía y ganas, y poco a poco me fui quitando esta sensación extraña, de ‘outsider’, fuera de lugar, en mi propia tierra.

Para poner la guinda al pastel, me he ido a la Costa Brava un par de días. Vale, el tiempo ha sido deplorable, aunque la lluvia no me ha entorpecido visitar calas y playitas. La verdad es que hay rinconcitos en Cataluña que, en temporada baja, poco o nada tienen que envidiar a la remota Nueva Zelanda.

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Además, la compañía ha sido inmejorable.

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Con tanta chapa y pintura, se me ha quedado esta cara. Y como diría mi querida y castiza Lola Flores…

“Estoy como nunca… ¿o no?” (Link)

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