Christoph: El alemán en busca

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Con Christoph me fui los primeros días de ruta, junto con la destartalada pero querida furgoneta hippie. Y con él, me reencontré para surcar los exquisitos Milford Sounds y los inhóspitos Catlins. 5 días de nuevo con este alemán del Este, de sonrisa espontánea, fuerte acento y un gran sentido de la amistad.

Quien me iba a decir que se convertiría en uno de mis mayores compañeros de viaje, y alguien que no olvidare, tras haber vivido dos meses en Auckland, compartiendo habitación y litera. Y muchas confidencias.

Christoph y yo tenemos mucho en común. Nos apasiona la naturaleza y el viaje. Y sobretodo, estamos algo perdidos. El, tras seis años trabajando como vendedor para una tienda de informática, pidió una excedencia para irse a descubrir Nueva Zelanda, uno de sus sueños de siempre. Ahora no sabe muy bien qué hacer. Y yo, que después de trabajar como periodista un par de años, regrese a la hostelería a sabiendas de que o me reinvento… o ahí me quedo.

Así que nuestro viaje juntos ha servido también para contarnos nuestras dudas y penas. Y para ponerle mucha guasa al asunto!

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Tras más de un mes viajando separado, el reencuentro fue muy ameno. Contamos nuestras aventuritas, cada uno por su lado. Y visitamos tanto como pudimos y el tiempo, algo lluvioso y malcarado, nos permitió.

Milford Sounds fue una maravilla. Con montañas que se erigen desde el mar imponentes, y cascadas que bajan en torrente cuando llueve. O como esa de la foto, proveniente de un glaciar que, por acción y desgracia del hombre, calculan que desaparecerá para 2020.

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Incluso vimos a un Kea, loro alpino… y ladron de cuidado.

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Luego proseguimos hasta los Catlins, uno de los parajes más vírgenes de todo el país. Playas desérticas, multitud de animales y una orografía tan caprichosa como espectacular. Pude ver pingüinos, focas y delfines Héctor, una especie muy poco común. (Aunque solo la aleta, no os voy a engañar).

Los Catlins fueron muy especiales, y regresar a la árida y algo defraudanteregión de Central Otago, apenó bastante. Nuestro momento llegaba a su final.

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Nos despedimos con un Fish and Chips en Clyde. Fue uno de los momentos más hilarantes del viaje. Haciendo gala de su curiosidad y buenas maneras, Christoph pidió un fish and chips como lo comen los locales. Porque como no habíamos comido aun ninguno nos pensábamos que cada región tenía su modalidad.

La mujer nos miró extrañada, y al servírnoslo en la terraza del bar nos lo había envuelto en mucho papel de periódico. Una papelina de pescado rebozado y patatas para estos dos extranjeros que viajaban en una furgoneta floreada y apestaban un poquito.

Nos lo comimos en un santiamén.

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Tocaba despedirnos. Nos abrazamos como hermanos y me dejó en una esquinita del pueblo. Volví a levantar el pulgar.

Christoph my bro, every time I listen to Frank Ocean’s “Lost” or Tegan and Sara… I’ll remember you!

Best of luck in your journey.

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