Navidades (2ª parte y final): Comilonas, Santa Claus y un montón de enanitos traviesos

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Mis Navidades viajeras fueron mucho más además del Tió.

En primer lugar, en mi multicultural casa decidimos dar una sorpresa a Clara, Marco y Paula. La pareja y la hija de ambos que llevan más tiempo en la casa, y son su ‘alma mater’. Costó poner de acuerdo a 8 personas sobre qué y cómo regalar. Pero conseguimos sorprenderles… y sino mirad esas caras de recién levantados…

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Tras el regalo de Papá Noel, tocó ponernos manos a la obra. Preparamos canapés, hummus, mejillones en sala marinera (f***ing  yummy) y Marco hizo un pavo relleno delicioso. Nos apetecía comérnoslo todo en el jardín, que para algo ahora es verano en estos lares, pero el mal tiempo nos la jugó. Nos entablamos, y en la casa aún aparecieron más invitados.

Nos pusimos finos finos de comida. Eché de menos el verso navideño de mis primillos, u obligar a mi madre a subir a la silla para cantar “Amarillo, el submarino es, amarillo es, submarino es…”. Pero estuvo muy bien.

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Entonces llegó fin de año. E hicimos una barbacoa en casa. Tranquilita y sin mucho alcohol. Miradme sino en esta foto. Parezco un tipo mayor y responsable, tratando de adivinar en la hoguera qué será de mí en 2013.

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Luego fuimos a ver los fuegos artificiales. El espectáculo fue relativamente bonito, pero la gente muy muerma. Con lo que nos gusta en España gritar, abrazarnos y liarla… aquí la gente ve los fuegos… y cada uno para su lado.

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Hasta aquí nada sorprendente. Unas navidades en el extranjero algo comunes… con muchos amigos de todos lados que se reúnen para que la distancia se haga menos pesada. Pero… lo mejor estaba por llegar.

¿Alguien ha vivido una invasión de enanitos en casa? Yo sí.

Poco antes del 31 recibí una carta de un amigo anunciándome que unos extraños enanitos habían cruzado medio mundo para ponerme la casa perdida. Y vaya si lo hicieron… no paré de encontrarme cartas y mensajitos durante más de una semana.

En todos lados, debajo de la almohada, pegados a una lámpara, dentro de la nevera, en un espejo… ¡Era una locura! Incluso había unas extrañas pisadas en el lavabo… eran del hada roja, el único ser capaz de engatusar a los enanitos para que dejen de hacer travesuras.

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Los mensajes eran cartas o dibujos de varios amigos míos catalanes. Y media casa estaba compinchada.

Fue tan tan tan emocionante. Cada mañana me levantaba buscando mi sorpresa. Y pegaba unos gritos cuando la encontraba. La verdad es que era bastante malo buscando los sobres… ¡pero qué más da!Imagen

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Fue un regalo espectacular. De esos que te hacen sentir muy muy querido.

Ahora siempre podré decir que una vez unos enanitos me visitaron por Navidad.

Y que lo hagan cuando quieran, yo siempre les dejaré una notita de agradecimiento, algo de agua, y una tortilla de patatas, por si les entra el hambre.

¡Gracias enanitos!

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