Waiheke: Una isla para perderse (y en la que me perdí de verdad :S)

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El pasado domingo fue un día soleado y sin apenas nubes. Algo inusual y que debía aprovecharse. Así que me levanté pronto y a las 9 en punto cogí un ferri para Waiheke, una isla cercana a Auckland conocida por sus bonitas playas y por ser un refugio de artista y hippies.

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Al llegar pedí un mapa porque mi finalidad era hacer tantos walkways (rutas a pie) como fueran posibles. Y empecé a recorrer el extremo sur occidental de la isla, una excursión de tres horas en que vi de todo un poco. Bahías, calitas salvajes, viñas…Imagen

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Una vegetación frondosa y que sigo sin entender, porque a ratos parece tan alpina como tropical. Mezclando pinos, palmeras, y otras muchas especies que desconozco, a cascoporro.

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… y alguna que otra oveja desafiante….

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El primer paseíto duró más de lo previsto, porque aquí las rutas son un poco “do it on your own”, y terminé dando más vueltas de las previstas. ¡Y tres horas en las patas de camino!

Llegó el momento playa, y me fui para Onetangi. Un lugar precioso, de arena blanca y un infinito azul.

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Tras el parón y la siesta que me pegué. Me fui a pasear por una reserva forestal al final de la playa. Fue entretenido, y en la hora y media que duró el paseo… ¡no vi a nadie!

Aunque soy hombre parlanchín, la verdad que esta sensación de soledad apetece cuando te hallas en rincones tan bonitos como éste.

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Después de esta caminata, y como el bus no llegaba, hice mi primer autostop en Nueva Zelanda! (Y casi que en la vida). Le pedí a unas chicas que me llevaran a la playa del lado, Palm Beach, que mereció mucho la pena.

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Y como me gustó el rollo ‘hitchhiking’ les pedí a unos hippies que habían estado tocando los bongos en la playa que me llevaran de vuelta a Oneroa, el puebilto principal. Durante el trayecto, me contaron que a sus cincuenta y pico tacos, habían viajado por todo el mundo y llevaban 17 años en Waiheke.

Era una pareja muy sonriente, especialmente ella, vestida toda de colores, con purpurina alrededor de los ojos y con un fumadón considerable que hacía que se riera cada dos por tres.

Al llegar a la playa, debí elegir entre ir a coger el ferry o hacer el último paseo por el extremo norte occidental de la isla. Tenía tres horas de luz y un paseo de dos horas por delante.

Como soy un masoquista y no crea que vuelva a pisar la isla. Decidí apurarme.

Fue brutal, porque los paisajes eran de una belleza arrebatadora.

Otra vez soledad. Soledad y pájaros que arrancaban el vuelo de la nada. Naturaleza en estado puro.

Todo era muy pintoresco. Y yo venga a hacer fotos…

¡Y de pronto me perdí! Quería acortar por un lado y, gracia a unas indicaciones algo despintadas, me pasé de camino.

Así que la última media hora me la hice corriendo, con miedo a que el sol desapareciera por completo y me quedara allí, en medio de la nada, con mi bañadorcito, unos crackers y medio litro de agua.

Bueno, en el fondo no fue tan dramático. Pero yo soy un poco miedica.

Todo salió al final que ni a pedir de boca.

Llegué a mi destino. No perdí el ferry. Y pude ver un atardecer único solo al alcance de unos pocos afortunados.

(Si quieren ver más y mejores fotos… http://www.flickr.com/photos/marti_quintana/sets/72157632231790857 )

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