Sirviendo a la comunidad

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¡Hola amigos! Como os conté el otro día, superé con éxito mi primera prueba en hostelería nuevazelandesa, trabajando en un multitudinario cátering para el colegio Marists (los Maristas) de Auckland. Se ve que se graduaban un buen puñao de ellos, entre 17 y 18 años, y cada año montan un fiestón.

Total, que me llamó el gran Wayne un jueves y el viernes me fui con Majorie, una camarera en sus cincuenta que con su marido se ha recorrido medio mundo en yate.

Llegamos al cole y montamos esto entre cinco:

Por si no os habéis dado cuenta, esto era el gimnasio de la escuela, que creo que sextuplicaba el de mi Escola Migdia de Girona. Pero en Nueva Zelanda todo es así, a lo grande. Y eso que no habéis visto los tres campos que tenían para que les diera un poco el aire.

Así que os podéis imaginar qué fiesta. Poner 450 cuchillos, tenedores, cucharas, vasos, servilletas y manteles…. y además como era el nuevo y el único machoalfa (?¿?¿?) entre tanta camarera… tuve que cargar con la carretilla toda la vajilla y material pesante. Pero a pesar de todo, cuando ves el trabajo hecho y todo tan bien puesto. Pues te sientes bien.

Pasaron unas horas y llegó el momento de ponerme el uniforme. Como sabrán quienes me conocen no soy muy dado a las camisas, las corbatas… y menos los uniformes. Creo que el único que me he puesto en la vida fue la bata de prescolar. Que esa sí que era lo mejor, con ese bolsito para guardar el pañuelo bordado lleno de mocos.

Para darme ánimos empecé a tomarme fotos como esta en los probadores, hasta que casi me pilla el cocinero!

Y empezó el trajín. Era un buffet, y cuando se terminaba una bandejota de comida tenías que ir  a buscarla rápido. Después retirar todos los platos. En plan bien, nada de ponerlos en pilas para hacerlo más rápido. Te preguntaban cosas en un inglés imposible, y tu venga sonreir.

Fue interesante comprobar como un colegio católico era tan multirracial, había de todo. Blancos, chinos, maoríes, asiáticos  y gente de otras islas del Pacífico. En la graduación, además de la chaqueta oficial del uniforme, más de uno iba con faldas “a-lo-hawaianas”, hechas de un material parecido al cáñamo. Y descalzos.

Trabajé de 12 a 12, pero la pasta me valdrá para pagarme la primera semana en el ‘hostel’. Así que, tras poder comerme un pedazo enorme de pastel de chocolate que sobró, me sentí mejor que nunca.

Wayne, amigo, keep on calling me.

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Acerca de Triple P

Periodista, camarero, viajero y vividor. Soy el típico Triple P, alguien preparado, parado y puteado. Un especie que abunda en España. Tras unos meses dando tumbos por el mundo ahora regreso a la ciudad condal. Dicen que segundas partes nunca fueron buenas. Pero yo estoy seguro que nada puede ir a peor. :D

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