Adiós, Triple P

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Y llega el momento de despedir mi querido blog. Anda que no he dado la tabarra estos días con la cuenta atrás.

Estoy emocionado porque digo adiós a este proyecto que me ha acompañado durante cuatro años. Cuando ningún medio quería que escribiera para él, inventé un ‘alter ego’ y empecé a escribir para mí y para quien quisiera leerme.

Era una buena manera de contar todas mis ganas de vivir y canalizar tanta rabia hacia la mierda de crisis que me había tocado vivir.

Ser alguien parado-preparado-y-puteado me definía muy bien. Porque no escondía mi enfado, pero tampoco mi sentido del humor ni mis ganas de reírme de mismo.

Nunca he llegado a ser un súperbloggero con miles de seguidores. Pero me consta que he tocado algunos corazoncitos y muchas personas de mi edad se han sentido identificados conmigo y con mis vicisitudes.

Un Triple P arrancó en Nueva Zelanda. Aquel viaje en las antípodas del mundo al que llegué con muchas ganas y algunos temores. Cumplí sueños como ser mochilero durante varios meses y hacer autostop, y conocí gente increíble y con historias de todo tipo. En ese país perdí mucha vergüenza, porque viajar -casi- de gratis requiere mucha mano izquierda, atrevimiento y morro.

El blog también reflejó mi llegada a México, mis peripecias en este lado del mundo. Los choques culturales y el día a día en un país que ya no te acoge como viajero, sino como emigrante. La lucha por vivir feliz con tu cotidianeidad, algo que no siempre es fácil, y menos al principio.

Y sobre todo, un Triple P fue un espejo de mis sentimientos y mi forma de ser. Los artículos pudieron gustar o no, y yo puedo caer bien o mal. Pero dentro de cinco, diez, veinte años, estoy seguro que me seguiré viendo reflejado -aunque más niño- en cada una de las entradas de este blog.

Estoy muy orgulloso de mí mismo por sostener un proyecto propio y personal durante tanto tiempo. Por encontrar un lugar donde vaciar mis pensamientos y poder compartirlos. De tener un diario personal y auténtico en pleno siglo XXI.

A menudo colgamos nuestra vida en redes sociales pero nos quedamos en lo superficial, y lo edulcoramos. Yo el primero. Un Triple P no iba de eso.

Me despido de Un Triple P porque siento que forma parte de una etapa de mi vida que está a punto de pasar. Realmente ya no cumplo dos de las tres ‘pes’, y aunque cualquier día podría volverlas a cumplir y podría seguir infinitamente contando mi vida, quizás es el momento de buscar otros proyectos.

No es un adiós súperdefinitivo tampoco, quién sabe si de vez en cuando lo recupere.

Además, mantendré abierta mi página del Facebook, para seguir subiendo fotos y algún que otro texto o reflexión.

También me despido de mi blog porque voy de culo en el trabajo, es lo que tiene ser adulto y la vida moderna, así que mejor decirle adiós a un proyecto que me ha dado tanto a tiempo y dignamente, que abandonarlo porque sí.

Adiós, Triple P.

Has sido la mejor terapia.

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México, de oportunidades y fortalezas

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Si en el anterior blog destaqué aquello que más detesto de México. Lo que más me enerva,  y en el fondo, lo que más me duele, en esta entrada voy a dedicarle varios piropos al país.

No por compromiso, se lo aseguro. Porque lo siento y punto. A México he de agradecerle muchas, muchísimas cosas.

Llegué a él un 20 de febrero de hace 2 años, con muchas ganas de trabajar en algo que me gustara y donde sentirme valorado. Con la autoestima por los suelos -y no me queda otra que reconocerlo- después de dos años maravillosos y odiosos por igual en los que di vueltas por el mundo y me conocí a mí mismo.

En los que  tuve trabajos en los que estaba tan sobrecalificado como menospreciado .

No encontraba mi sitio hasta que llegué a México. Dejamos, con mi chico, una Barcelona que nos gustaba. Pero a mí, la verdad, me podían las ganas.

A las tres semanas de llegar, ¡TRES!, encontré trabajo de periodista. En mi tierra, con 27 años y el doble de años de experiencia en bares que de reportero (4 vs 2), sentía que ya nadie apostaba por mí. ¿Qué triste, verdad? ¿Pero a cuántos jóvenes no les pasa lo mismo en España?

Recuerdo mi primera cobertura trabajando para un medio después de bastante tiempo. Qué ilusión.

Y desde entonces, la cosa no hizo sino mejorar en el plano laboral. Aprendiendo y ganando confianza, rodeado de maestros en un país que escupe las noticias más bonitas, las más apasionantes y las más trágicas.

Pero en la vida no todo es trabajar. Y en muchos otros aspectos México también es un regalo. O por lo menos Ciudad de México, este monstruo que te deja boquiabierto con cosas buenas, malas y sorprendentes día sí y día también. De la que me declararía fan si no fuera porque la contingencia amenaza con acabar con mi salud pulmonar.

Llegamos con una pequeñita lista de contactos, ¡pero qué contactos! No nos faltó una casa de acogida al llegar -gracias, Joselito- ni con quien tomar cervezas y compartir nuestras dudas y miedos de emigrantes – Carola, Aida, Bea-. Pronto, teníamos un par de grupos de amigos, la mayoría extranjeros como nosotros, con quien disfrutar en miles de circunstancias.

Mis momentos favoritos son los vermuts domingueros. Esos en los que te pones un poco pedo mientras vas picoteando y, aunque no estás con tu familia de sangre, estás en familia.

Y si por si estos dos factores no fueran suficientes. México te da la oportunidad de soñar, de proyectarte, de pensar en grande. Aquí si tienes una mínima base -laboral y de amigos- y te lo trabajas, puedes prosperar.

Y el país también te da la oportunidad de crecer, a hostias o a empujoncitos, depende de la ocasión. Yo aquí llegué siendo mucho más niño de lo que me iré, el día que me vaya o sí me voy. No solo porque el tiempo pasa para todos, sino por todo lo vivido.

Gestionar burocracia, temas migratorios y un alud de pensamientos y sentimientos.

Esto a menudo completamente solo, porque no sabes a quién contárselos y mamá te queda muy lejos y no quieres preocuparla. Este aprendizaje es una mina de oro.

México me ha quitado un poco de esta ilusión naíf que me caracterizaba (todavía tengo mis momentos de excesiva emoción), pero me ha dado sabiduría. Y una incipiente arruga en la frente para dar fe de ello.

Y fortaleza. Mucha fortaleza. ¿Cómo sino puedes trabajar de periodista en un país que acumula muertes a puñados? ¿Cómo sino describir el horror sin que te arrastre con él?

Y no hace falta trabajar de reportero para sentir y vivir todo esto.

Esta realidad, la personal y de la que me toca escribir, me ha hecho más humano.

Más consciente de la vida.

Más fuerte y, espero, también mejor persona.

Gracias, México.

México, la mentirijilla y la desconfianza

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Sé que este título me va a traer más de una crítica y quizás alguna enemistad. Así que prometo explicarme lo mejor posible.

Pero en estos últimos días antes de cerrar el blog quiero contar tan bien como pueda mis últimas sensaciones de TripleP. Y de emigrante en un país tan igual como distinto.

Y sí, también vendrá otro post bonito dedicados a la tierra que me está viendo crecer y prosperar.

Aclarado esto, México tiene un severo problema con la mentirijillas, el no saber decir que “no” y el andarse por rodeos… y esto lleva a la desconfianza generalizada. Y de aquí a tener una sociedad descreída va un paso. Sí, y de esto a una ciudadanía que se pone la zancadilla por pereza a darte el paso, otro bien chiquito.

Como siempre, hablo en líneas generales. En líneas tan generales como puede hablar mucha gente que visita España y se encuentra con un montón de casos de corrupción en el periódico, un señor taxista que le habla mal y unos amigos impuntuales. Pero bueno, estos también es representativo, ¿no?

En dos años puedo contar mil anécdotas. Algunas más exasperantes que otras. Pero incluso el mexicano común que tiene un puntito de autocrítica sabrá reconocer que es difícil confiar al 100 %. ¿Por qué? Pues porque, por lo menos para el extranjero, nunca sabes cuando te están diciendo un “sí” de verdad o un “sí” de mentira, de “ya se verá” o de “lo que tú digas pero es que no”.

Aquí todo se promete bien, a lo grande. Y tardas un tiempo en entender que muchos de quienes prometen ni serán los más cumplidores ni los más rápidos.

Y así se me han caído trabajos, proyectos, entrevistas pactadas, depas que pensaba que iba a rentar e incluso algún que otro amigo. Que se lo digan a mi chico, músico freelance, dos palabras que juntas, y en México, son sinónimo de muchas desilusiones, otras tantas victorias y palabras en vano. Hoy mismo, le suspendieron tres conciertos que tenía agendados para esta semana.

Eh! Pensarán que los españoles somos unos rancios y criticones. Pero tengo muuuchos amigos mexicanos que no dudan en quejarse tampoco. Ellos perdonan ,pero no olvidan. Y eso sí, son mucho más hábiles en jugar al juego de los tiempos reales y prometidos e interpretando su propio lenguaje no escrito.

El otro día un amigo mexicano estaba muy encabronado. Un amigo suyo con quien se iba a Playa del Carmen le hizo una triple jugada mortal. Primero invitó a unas amigas sin consultárselo, luego se tardó en reservar el hotel, por lo que pagaron una barbaridad cuando encontraron habitación en plena Semana Santa. Y al final de todo, cuando él ya se había comprado el billete, el amigo dijo que su padre le había quitado la tarjeta y que no sabía si podría viajar. Jaja, mi pobre amigo no salía de su asombro. Pagando una habitación doble, con tres desconocidas que no quería conocer y en un viaje que ya ni se le antojaba.

¿Saben cuánto tardó el amigo en cancelarle definitivamente el plan? Cinco días. Cincos días en responderle con un pinche mensaje de whatsapp para confirmarle que efectivamente no había vuelo para él porque su padre no se lo regalaba.

Seamos sinceros, ¿a cuántos mexicanos de nacimiento o de adopción no nos han pasado cosas así?

Trabajando como periodista me he dado cuenta de que a muchas de mis fuentes, si les preguntas de más o les pides cosas que no saben, antes de darte un NO por respuesta prefieren no tomarte el teléfono en un tiempo. Y largo.

Y este ni “sí” ni “no”. Esta falta de claridad que traspasa a muchos niveles sociales causa algo todavía peor. Una desconfianza generalizada, transversal y a todos los niveles. Y no, eso no es bueno para el país, para que prospere y sea la potencia que podría ser, ni para las relaciones humanas.

Hoy, hace apenas dos horas, esta informalidad y pocas ganas de hacer bien tu trabajo y, de paso, ser buena gente, me ha hecho rabiar. Compré unos audífonos en un puesto callejero, que resulta que no sirven para conectar la radio al teléfono móvil. Voy allí y le quería COMPRAR UNOS NUEVOS, explicándole, eso sí, que estos que compré no me iban del todo bien. Fui a pagar, pero no tenía cambio. Le pregunté si podía fiarme, me dijo que tampoco, y por último le pedí por favor, que ya que le compraba dos auriculares en una semana, si se podía mover a conseguir cambio, pero tampoco. Así, tan simpático.

Me fui pero antes agarré un paquete de rotuladores y lo lancé a la otra punta de la parada. Suavemente, sin romper nada, pero lo suficientemente notorio para que ese chico que no había movido un dedo por echarme un cable (y de paso, vender) se levantara dispuesto a pegarme. Me fui corriendo.

No me siento NADA orgulloso de esta revancha de tercero de primaria, pero tampoco del todo mal. Lo que me preocupa enormemente es esa RABIA que nació de dentro mí por un hecho tan estúpido pero que ocurre demasiado a menudo…

Yo no soy así, o quizás sí.  En todo caso: ¿Este país saca lo peor de mí?

Una hora más tarde fui a recoger unos pantalones que llevé a coser y que me dijeron que estarían el sábado pasado. Todavía no los tenían. Tomé aire, sonreí, y me fui  tranquilo. Qué triste sentirte bien por aprenderte a resignar.

A mí modo de ver, estos hechos impulsan el individualismo a un grado máximo, e incentivan la corrupción. “Procura por ti y los tuyos, pero no por los demás”.

“Quien no tranza (no hace trampas), no avanza”, que cuenta el refrán.

Pero claro,  ¿qué se puede esperar del pueblo cuando el Estado es el primer pinche mentiroso e impresentable? Recientemente la Comisión Nacional de los Derechos Humanos hizo una investigación propia y reveló que en un rancho de Michoacán en el que murieron 42 presuntos sicarios en un enfrentamiento con policías hubo al menos 22 asesinatos, y cuatro muertes más por uso excesivo e inapropiado de la fuerza.

La Comisión Nacional de Seguridad (CNS) llevaba meses desmintiendo estas especulaciones. Y si cito este caso y no otros es porque yo, en primera persona, estuve a tres metros de los principales responsables de seguridad en el país hablando de este tema. Invitaron a la prensa extranjera a una reunión informativa para aclarar las cosas.

Y nos mintieron en la cara. (Y yo, probablemente el más inocente y joven de aquella mesa, me lo creí bastante). No mola señores, aunque ya haya aprendido desconfiar de ante mano de prácticamente todo.

Este artículo, aunque lo parezca, no está pensado para dinamitar mi estancia en el país, ni para ofender.

Simplemente tenía ganas de contarlo porque emigrar no es un camino de rosas. Y si en mi blog he opinado sobre España cuando me ha apetecido y no a menudo para bien. ¿Por qué no puedo hablar de México?

Quién sabe, quizás pueda hacer recapacitar a algunos -seamos de donde seamos- con demasiada poca palabra para tanta cara dura.

En el próximo capítulo, que sirve de antesala para cerrar mi blog, todo lo bueno y bonito de México.

Un país que me ha regalado muchísimas cosas buenas (y por ello aquí sigo dos años y medio después).

Pa’ que vean que no vivo enfadado. Que yo en general voy por la vida agradecido. De todo y todos.

 

 

Ciudad de México, una jungla con lo bueno, lo malo y lo sorprendente

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Últimamente intento cerrar la jornada con un juego que inventé para entretenerme de casa al trabajo y del trabajo a casa.

Consiste en identificar algo bueno, bonito o divertido que haya visto durante el día, y también algo malo o triste que haya detectado. Así como algo sorprendente, si se da.

En el DF es fácil cumplir con los tres objetivos cada día, solo hay que estar un tanto atento.

Os doy un ejemplo. El otro día el punto positivo fue cuando conseguí rebatir a una señora que me quería cobrar de más (5 míseros pesos, pero es que si ella era muy suya, pues yo soy muy mío) y al final me dio la razón. Se trataba de unas impresiones, y en la copistería incluso sus empleados me miraron como con admiración. En este país que te den la razón no es tan fácil. Son más de evasivas por no decir ni sí ni no, hablando MUY en general.

El punto negativo, una comida-rueda de prensa en la que nos hicieron esperar dos horas y pico y sin comer. Lo organizaba otro medio que no quiero pensar cómo tratará a sus propios empleados. ¡Ridículo!

Y el punto sorprendente fueron unos obreros que utilizaban un radial -un disco- para cortar el pavimento de la calle. Y no había ningún signo de advertencia ni nada que tapara el aparato.

Vamos, que si te tropezabas se te llevaba media pierna felizmente. Jaja

Pues bueno, les aseguro que esto no es cosa de un día. Más bien la tónica defeña habitual.

Hace poco, por ejemplo, me maravillé con un apartamento por la Juárez que, en su azotea, tiene una auténtica selva montada. Cualquier día me paso, yo creo que ahí se debe respirar mejor que en cualquier otro rincón de la ciudad. ¡Imagínate! Me recordó a ese jardín de un asiático loco que tuvieron que desmontar tiempo ha.

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Pero es que ese mismo día vi a uno de esos niños que piden por el metro sin abrir nunca la boca. Este iba descalzo y arrastrándose entre la gente, solo tirando del zapato o del pantalón para reclamar la atención. Y sí, me entristecí mucho aunque ya los haya visto en otras ocasiones.

Salí del metro y vi una pareja de chicos de la manita. Debían tener como 16 años. Y a su lado, la típica amiga a la que no han querido dejar sola y, aunque medio metro atrás, iba con ellos de la mano. Como diciendo, vayan a su bola pero no se olviden de mí. Y me arrancó una sonrisa de nuevo. Tanto por lo chistoso de la situación como por reconocerme en este panda de adolescentes. Y ver que entre México y España hay tantas diferencias como similitudes.

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Esta ciudad nunca dejará de noquearme.

Creo que esta es la palabra.

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La inevitable comparación

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En estos últimos posts ya he escrito un montón sobre sentirte de tu tierra o de tu hogar de acogida. De la dureza de vivir en un país como México. De lo maravilloso que también es. Hay que bajarle dosis al melodrama.

Por ello quería contaros una anécdota que me parece muy significativa.

Cuando vives fuera de tu tierra natal es inevitable comparar tu entorno actual con el de antes. En este caso México vs. España. Pero lo más divertido es cuando se juntan dos emigrante y se ponen a comparar. Ahí sí se lía parda.

Este enero estuvo cuatro días en Granada. Reencontrándome con Clara, su hija Paulita y su hijo Otto. Clara, granaína, y su pareja Marco, alemán, fueron dos de mis grandes amigos en mi aventura neozelandesa del 2012.

Y Paulita, mi Paulita. Mi mejor amiga en la isla aunque con dos años y cacho apenas hablara.

Ellos siguen viviendo en Auckland. Y por eso, este año que tuvimos la ocasión de coincidir en España, no pude dejar pasar la oportunidad de ir a verlos.

Con Clara hablé largo y tendido de muchas cosas. Es bonito reencontrarte con una amiga después de tanto tiempo. Y además poder hablar de sentimientos similares aunque desde latitudes distintas.

Lo que más gracia me hizo es lo diferente que veíamos nuestra tierra ella y yo.

Imagínate, para mí volver a Cataluña, España y Europa general es volver a una civilización más refinada. Al orden, a la limpieza, a las multitudes controladas, a la tranquilidad e, incluso, el excesivo sosiego.

Para ella, con más de seis años en la idílica New Zealand, es casi todo lo contrario. A su hija le parecía que todo estaba sucio (it’s dirty mommy, está sucio…), y a Clara, un poco de lo mismo.

“Los españoles gritan. ¿No te has fijado?”, me preguntó Clara. Y yo pensé que en una cantina cualquiera del DF se superaba el volumen de decibelios de largo.

Y así fuimos viendo las gigantes diferencias de mudarte a un sitio u otro. Cuando ella se quejaba que en España no hay sitios donde cambiar los pañales a tu bebé (una queja del todo lógica, por otra parte), yo pensaba que en México faltan tantos servicios públicos que este sería más bien un mal menor. Ciudad de México, ¿para cuándo papeleras y contenedores?

Eso sí, en lo que más coincidimos fue en la percepción que se tiene de la CRISIS española.

Y es que vengas de donde vengas, cuando ves el grado de consumo que sigue vigente en el país te preguntas. “Dónde está la crisis?”.

 

Un abrazo, familia Gundry.

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